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Cartas de los Mahatmas-fragmentos

Uno de  los  Maestros  dijo  que,  en  el  mundo  de  hoy,  donde  se  encuentran  tan  pocos  que  tengan   deseos   desinteresados  p...

domingo, 9 de febrero de 2014

LA CIUDAD CELESTE



 
"Para los alquimistas, la cruz es el crisol en el cual efectúan todas las operaciones sobre la materia con el fin de transformarla en oro.
 
 
Una vez vuestro nombre quede inscrito en el libro de la vida, el Cielo ya no os olvidará, y os enviará refuerzos, la salud y la alegría.
 
 
El Reino de Dios llegará cuando el amor y la sabiduría reinen y entonces desaparecerá la noche porque cada ser habrá encontrado la Luz.
 
 
Este Reino existe y ha existido siempre. Gracias a él se mantiene la verdadera tradición desde hace siglos, ya que de este centro iniciático proceden todos los grandes Maestros que han venido para aportar la luz a la humanidad"
 
 
 
fragmento de LA CIUDAD CELESTE
Omraam Mikhaël Aïvanhov

miércoles, 5 de febrero de 2014

ODA A LA ALEGRÍA de F. Schiller

 
 
¡Oh, amigos, no con esos acentos!
¡Entonemos cantos placenteros
y plenos de alegría!

 
¡Alegría, hermosa chispa de los dioses
hija del Elíseo!
¡Ebrios de ardor penetramos,
diosa celeste, en tu santuario!
Tu hechizo vuelve a unir
lo que el mundo había separado,
todos los hombres se vuelven hermanos
allí donde se posa tu ala suave.
Quien haya alcanzado la fortuna
de poseer la amistad de un amigo, quien
haya conquistado a una mujer deleitable
una su júbilo al nuestro.
Sí, quien pueda llamar suya aunque
sólo sea a un alma sobre la faz de la Tierra.
Y quien no pueda hacerlo,
que se aleje llorando de esta hermandad.
Todos los seres beben la alegría
en el seno de la naturaleza,
todos, los buenos y los malos,
siguen su camino de rosas.
Nos dio ósculos y pámpanos
y un fiel amigo hasta la muerte.
Al gusano se le concedió placer
y al querubín estar ante Dios.
 
Gozosos, como los astros que recorren
los grandiosos espacios celestes,
transitad, hermanos,
por vuestro camino, alegremente,
como el héroe hacia la victoria.
 
 
 
¡Alegría, hermosa chispa de los dioses
hija del Elíseo!
¡Ebrios de ardor penetramos,
diosa celeste, en tu santuario!
Tu hechizo vuelve a unir
lo que el mundo había separado,
todos los hombres se vuelven hermanos
allí donde se posa tu ala suave.
¡Abrazaos, criaturas innumerables!
¡Que ese beso alcance al mundo entero!
¡Hermanos!, sobre la bóveda estrellada
tiene que vivir un Padre amoroso.
¿No vislumbras, ¡oh mundo!, a tu Creador?
Búscalo sobre la bóveda estrellada.
Allí, sobre las estrellas, debe vivir.
¡Alegría, hermosa chispa de los dioses,
hija del Elíseo!
¡Ebrios de ardor penetramos,
diosa celeste, en tu santuario!
¡Abrazaos, criaturas innumerables!
¡Que ese beso alcance al mundo entero!
¿Os postráis, criaturas innumerables?
¿No vislumbras, ¡oh mundo!, a tu Creador?
¡Búscalo sobre la bóveda estrellada!
Hermanos, sobre la bóveda estrellada
tiene que vivir un Padre amoroso.
¡Alegría, hija del Elíseo!
Tu hechizo vuelve a unir
lo que el mundo había separado
todos los hombres se vuelven hermanos
allí donde se posa tu ala suave.
¡Abrazaos, criaturas innumerables!
¡Que ese beso alcance al mundo entero!
¡Hermanos!, sobre la bóveda estrellada
tiene que vivir un Padre amoroso.
¡Alegría, hermosa chispa de los dioses,
hija del Elíseo!
¡Alegría, hermosa chispa de los dioses!


ODA A LA ALEGRÍA - FEDERICO SCHILLER

sábado, 1 de febrero de 2014

LA PRESENCIA DE DIOS

Ese «Algo» que llamamos Dios dió «voluntad» de perduración a las cosas, «amor» a los seres y una planificación portentosamente «inteligente» a los cuerpos y a la vida

Más objetivo que todas las teorías teológicas y científicas es el hecho de que el hombre, desde sus remotísimos orígenes, se tuvo a sí mismo y a su entorno material como algo efímero, cambiante y pasajero. La mutación de los seres y las cosas le proporcionó la evidencia de que la muerte seguía inexorablemente a todo nacimiento, pero también de que todo ello habría de tener una justificación, un sentido, un por qué.

Vio que las manadas marchan en busca de agua y alimentos; las torrenteras en procura del mar; el fuego se alzaba inexorablemente hacia el cielo. Y de todas estas cosas dedujo (o misteriosas voces se lo dictaron al oído) que también él y todos los seres vivientes marchaban hacia algún lugar que estaba más allá del entorno inmediato. Millones de años antes que Aristóteles, había nacido la Metafísica.

Con las enseñanzas de sus conductores espirituales y la observación de los ciclos que en la Naturaleza se manifestaban, el hombre tuvo la certeza de que nada desaparecía definitiva y totalmente, que todo retornaba y renacía. Así, fue considerando su cuerpo como su choza: un habitáculo pasajero que sería reemplazado por otro cuando, por vejez o por destrucción, ya no le fuese útil. Descubrió su propia inmortalidad y su presencia renovada en el teatro del mundo. Asimismo, que el lugar de los vivos y el de los muertos estaban separados, pero por una pared muy delgada, a través de la cual se oía y hasta se podía ver.

Un universo insustancial, pero tremendamente real, se abrió ante sus sentidos y su inteligencia. Y junto al utensilio de labranza talló amuletos y levantó altares que, como mágicos escalones, le permitían asomarse a ese «hombre interior» que estaba más allá de los sufrimientos y los goces, a un mundo donde las manadas de animales eran inmensas y la caza no se agotaba nunca, donde los árboles no se derrumbaban jamás... Detrás del cambiante cielo planetario descubrió el estelar. Los elementos perdurables se le hicieron evidentes. Uniendo unos con otros, concibió las primeras figuras geométricas, puras y estables; intuyó los Arquetipos. Que no estaban sujetos al tiempo y que dominaban el espacio.
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Se encontró entre un mundo terrestre y un mundo celeste, subiendo y bajando del uno al otro, recorriendo el invisible puente de las reencarnaciones que, en casi todos los casos, asoció al arco iris y sus siete colores.

Se admiró de las bestias que podían respirar bajo el agua, de las que volaban más alto que las montañas, y de los árboles que guardaban en sus cortezas los sellos personales de sus abuelos muertos. Meditó sobre la voluntad gritada por las piedras al despeñarse y sobre el silencioso surgir de un milagro verde en cada semilla sepultada, y asoció esto último a la fecundación de la mujer y a la esperanza renovada de los hijos.

Cuando tuvo que dar una forma definitiva a su casa, le puso una o más columnas que tan sólo tuvo que cortar en el bosque, pues eran troncos de árbol. Los animales cazados le proporcionaron no sólo alimento, sino pieles y cueros para abrigarse y hacer menos dolorosas las caminatas. De los pedrejones y las montañas extrajo el material para las puntas de sus armas, y también los raspadores con los que pudo dar formas útiles a las cosas. Con espinas de pescados hizo anzuelos que le proporcionarían nuevos peces. Las estrellas fijas le permitieron orientarse de noche y pudo regresar felizmente a su grupo familiar. Calentando con fuego ciertas piedras, éstas destilaban un líquido incandescente que, una vez endurecido y depositado en recipientes de arcilla, permitió al hombre el descubrimiento de la metalurgia, cientos de miles de años antes de lo que creen los actuales especialistas, esos de la misma «raza» que los que, en congresos científicos del siglo pasado, aseguraban que la cueva de Altamira había sido pintada por un francés.

Entendió que él era algo más que su cuerpo, y por eso, cuando éste moría, lo destruía; ya fuera a través del fuego o el enterramiento, atado bajo la forma de momia o desmembrado ritualmente. Era la constatación del conocimiento esotérico de su propia supervivencia, y aun de su liberación del más pesado y fastidioso de sus vehículos. La ley de los ciclos le haría volver a la Tierra; pero, mientras tanto, prefería ignorar o dejar ese conocimiento para los más fuertes espiritualmente: sus sacerdotes, magos y reyes-iniciados. Y así, según los tiempos, se fueron separando y juntando las respectivas vertientes «exotérica» y «esotérica».

Pero en algo coincidieron todos... En algo tan evidente que sólo los muy necios, en el momento más necio de la Historia, pudieron negar: la presencia de Dios. Pues esa que llamamos «presencia», era inmanente en todas las cosas y en todos los seres. En verdad, el hombre llegó a su verdadera diferenciación del animal cuando tuvo seguridad de la existencia de Dios, misteriosamente inserto en su propia participación de la Divinidad-Naturaleza. Para nuestros antecesores no había dicotomía ni contradicción entre el alma y el cuerpo. Todo era uno y a la vez múltiple, infinitamente rico en matices, características y tamaños.

Así como si nos mentalizamos en ver una mano diremos que es «una», y si nos mentalizamos en ver dedos diremos que son «cinco», la percepción de lo uno y de lo múltiple depende del criterio con que se contemple. El hombre fue receptáculo de una instrucción que le permitió percibir unidad y multiplicidad, destino y libertad, obediencia y creación.

Hoy, a finales de este conflictivo siglo XX que ha tenido por virtud enseñarnos que sabemos muy poco y que nos equivocamos muy frecuentemente, nos parecen cómicas las afirmaciones «positivas» y su ateísmo infantil, por no decir simiesco. Tal vez la única evidencia, que lo es tanto para el instruido como para el ignorante, es ese «Algo» que llamamos Dios y que dio «voluntad» de perduración a las cosas, «amor» a los seres y una planificación portentosamente «inteligente» a los cuerpos y a la vida.
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La «casualidad» jamás pudo pintar ojos de búho en las alas de las mariposas nocturnas para espantar a sus enemigos, diagramar la doble válvula aspirante-impelente de un corazón, ni programar el mantenimiento de los «microclimas» en las cavernas mediante alteraciones en la temperatura y ajuste de la concentración de ciertos gases suspensos en el aire. Ese «algo» veló porque las bacterias anaerobias pudiesen sobrevivir sin aire y por la precesión de los equinoccios. Proporcionó las inteligencias colectivas que rigen las manadas (las «almas grupales» de los esoteristas) y los escudos invisibles que protegen la superficie del planeta contra la radioactividad cósmica. Del peligroso rayo sacó el benéfico ozono, y de las terribles olas que baten los acantiladas, los indispensables iones negativos. Son tantas y tantas estas manifestaciones... pero detrás, por delante y en ellas mismas está la presencia de Dios.

¿Por qué entonces hay tantos ateos?

En verdad no hay tantos ateos como comúnmente se cree. Así como no podemos presuponer que todos los habitantes de un país «oficialmente» católico vayan a misa semanalmente y crean de verdad en el cielo y en el infierno, tal cual le pintan los Evangelios y el apocalipsis, o en la infalibilidad del Papa, tampoco debemos dar por cierto que todos los millones de habitantes de la URSS, por ejemplo, sean ateos. Por otra parte, el no ser «prácticante» estricto de una determinada religión no supone el no creer, sentir e inteligir esa presencia que llamamos Dios. Es bueno reflexionar sobre esto, pues hay muchas personas que creen en Dios y oran con sus trabajos, con la rectitud moral de sus vidas, con su honradez y generosidad... Y creen fervorosamente en que existe un «más allá» y un «Algo» que justifica todos sus esfuerzos y la marcha misma de la Galaxia.

¿Si hay un sólo Dios, por qué hay tantas religiones?

La exigencia de un «comunismo espiritual» es la más peligrosa. Así como un solo golpe de taco mueve varias bolas de billar, su «única presencia», al estar tan diversificada e incidir sobre tantos seres diferentes, hace surgir varias formas religiosas muy diferentes en la superficie ritualística, pero muy parecidas -cuando no idénticas- en su esencia.

Además, los diferentes tiempos y lugares han engendrado simbolismos teológicos diversos. La presencia de Dios no podía manifestarse de la misma manera en Sumeria hace 5000 años que en la India hace 2500, o en Arabia hace 1300. Las diferencias geopolíticas, económicas y sociales no permitirían una sola y única expresión.

Por otra parte, depende de quién es el que recibe una determinada instrucción. Se dice que Gengis Khan, en el siglo XIII, dejó anonadado a su consejero musulmán cuando, habiéndole preguntado si Alá estaba en todas las cosas, no encontraba razón para saludar a La Meca y no al trasero de su camello. Parece ser que no fue muy hábil el consejero, pues pudo haberle explicado que cuando los musulmanes saludan mirando hacia La Meca, no lo hacen solamente por Dios, sino por el acontecimiento histórico-mítico relacionado con Mahoma.

El creer que hay una sóla religión verdadera ha hecho correr ríos de sangre en el peor de los «racismos»: el espiritual. Todas son verdaderas en determinado lugar y en determinado tiempo histórico. Los que frecuentemente no son veraces son los hombres, que bajo los palios de las religiones aprovechan para forzar a los demás a seguir sus conceptos políticos, sociales y económicos. Los explotan y los degradan, engañándolos.

¿Son las sectas «esotéricas» la mejor religión?

Evidentemente no. Primero, porque estas sectas suelen ser simples religiones «artesanales», más o menos apoyadas en otra mayor; y así se habla de «Cristianismo esotérico» o de «Hare Krishna». Segundo, porque de «esotéricas» no tienen nada... Tan sólo son diferentes conjuntos de alienaciones y pedazos de tradiciones mal recopiladas.

Sin filosofía, o sea, sin Amor a la Verdad, no hay forma de mística que no aplaste a unos para encumbrar a otros y que no resulte antinatural.

El estudio de la Historia de la Humanidad permite el eclecticismo de ver tan válida la fe en Apolo-Helios como en «el Padre nuestro que está en los cielos». Y respetar filosóficamente el camino que cada uno cree y siente como el mejor, más allá del bautismo que de recién nacido se haya podido recibir de la buena voluntad de los padres, o simplemente de la moda y la costumbre familiar.

La «luz» de la Filosofía nos permite distinguir los muchos colores y formas, y descubrir en ellos, así como en el Universo todo, la presencia de Dios.


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Jorge Angel Livraga Rizzi
Sept. 1986

martes, 21 de enero de 2014

El increíble relato del doctor de Harvard que, después de sufrir un coma, aseguró haber conocido el Paraíso

 
El doctor Eben Alexander, quien sufrió un coma por meningitis, afirma que vivió una experiencia extracorporal y cercana a la muerte, y se encontró con ángeles, nubes y parientes difuntos
En su edición de Octubre del 2012, la prestigiosa revista norteamericana Newsweek sorprendió a sus lectores con una portada y un titular que causó bastante impacto: “El cielo es real: La experiencia de un Doctor en el Más Allá”.
El artículo en cuestión se refería a la supuesta e increíble experiencia vivida por el neurocirujano Eben Alexander, quien el año 2008 sufrió un ataque de meningitis que lo dejó en estado de coma durante siete días. Lo insólito del asunto es que, durante ese lapso, el facultativo, quien hace clases regulares en la Universidad de Harvard, aseguró haber vivido una experiencia extracorporal, durante la cual se encontró con algo bastante parecido a la imagen que tenemos del Paraíso, es decir, un apacible lugar con nubes, coros celestiales, ángeles y parientes difuntos.
 
Alexander, en la entrevista que le concedió a esta publicación, partió explicando que “crecí en un mundo científico y, como neurocirujano, no creía en el fenómeno de las experiencias cercanas a la muerte. Siempre había creído que había una buena explicación científica para los viajes celestiales fuera del cuerpo, descritos por aquellos que escapaban a la muerte por poco. El cerebro es un mecanismo sorprendentemente sofisticado, pero extremadamente delicado. Si se reduce la cantidad de oxígeno que recibe, así sea la cantidad más pequeña, este reaccionará. No era una gran sorpresa que las personas que habían sufrido un traumatismo grave regresaran de sus experiencias con historias extrañas. Pero eso no significaba que habían viajado a algún lugar real. Y aunque me consideraba un creyente cristiano, era más de título que de creencia real”.
 
doctor coma paraíso
Foto: Agencias
 
El viaje al Paraíso
 
En el otoño de 2008 las rígidas creencias del doctor Alexander cambiaron de golpe. Una meningitis bacteriana fulminante lo dejó durante siete días en un profundo estado de coma y los facultativos que lo atendieron estimaron que sus pronósticos de vida eran casi nulos.
 
“Durante siete días estuve en un coma profundo, con mi cuerpo sin respuestas y mis funciones cerebrales superiores totalmente fuera de línea. Pero, en la mañana de mi séptimo día en el hospital, mientras mis médicos consideraban si se suspendía el tratamiento, mis ojos se abrieron de golpe. No hay una explicación científica para el hecho de que mientras mi cuerpo estaba en estado de coma, mi mente – mi conciencia, mi yo interior – estaba viva y bien. Mi conciencia liberada del cerebro había viajado a una diferente y mayor dimensión del universo, una dimensión que nunca había soñado que podía existir y que es la misma que describen incontables personas que han vivido experiencias cercanas a la muerte u otros estados místicos”.
 
Alexander agregó que “hacia el comienzo de mi aventura, yo estaba en un lugar de nubes. Grandes, esponjosas, de color rosa-blanco, que se presentaron nítidamente en contraste con el profundo cielo negro-azul. Más alto que las nubes, inconmensurablemente más alto, una multitud de seres transparentes y brillantes se movían trazando arcos por el cielo, dejando largos trazos como serpentinas detrás de ellos. ¿Pájaros? ¿Ángeles? Estas palabras las registré más tarde, cuando estaba escribiendo mis recuerdos. Pero ninguna de estas palabras hace justicia a estos seres, que eran, sencillamente, diferentes a todo lo que he conocido en este planeta. Eran más avanzados. Formas superiores”.
 
El doctor añadió que “un sonido, enorme y retumbante como un canto glorioso, descendió desde lo alto, y me pregunté si los seres alados lo estaban produciendo. Nuevamente, pensando en ello más tarde, se me ocurrió que la alegría de estas criaturas mientras volaban alto era tal, que tenían que emitir este sonido, y que si la alegría no salía de ellos de esta manera entonces simplemente no serían capaces de contenerla. El sonido era palpable y casi material, como una lluvia que se puede sentir en tu piel, pero que no te moja.

Ver y escuchar no estaban separados en este lugar donde ahora estaba. Podía escuchar la belleza visual de los cuerpos plateados de esos seres brillantes que estaban arriba, y pude ver la perfección creciente, alegre de lo que cantaban. Parecía que no se podía ver o escuchar ninguna cosa en este mundo sin volverse parte de ella, sin unirse con ello de alguna forma misteriosa. Una vez más, desde mi perspectiva presente, me permito sugerir que no se podría mirar “hacia” nada en ese mundo en absoluto, porque la palabra “hacia” en sí misma implica una separación que allí no existía. Cada cosa era distinta, pero cada cosa era también una parte de todo lo demás”.
 
El doctor, en este punto de su relato, explicó que se encontró con una mujer joven, de pómulos altos y ojos azules. “La primera vez que la vi, estábamos juntos cabalgando sobre una superficie con un intrincado patrón, que después de un momento me di cuenta que era el ala de una mariposa. De hecho, millones de mariposas estaban alrededor de nosotros, enormes y agitadas olas de ellas, que se zambullían en un bosque y volvían de nuevo a nuestro alrededor. Era un río de vida y color, moviéndose a través del aire. Ella me miró con una mirada que, si la vieras durante cinco segundos, haría que tu vida entera hasta ese punto valiera la pena, sin importar lo que haya ocurrido en ella hasta ahora. No era una mirada romántica. No era una mirada de amistad. Era una mirada que de alguna manera estaba más allá de todo esto, más allá de todos los diferentes tipos de amor que tenemos aquí en la tierra. Era algo superior, que contenía todos estos tipos de amor en sí mismo, mientras al mismo tiempo era mucho mayor que todos ellos”.
 
Alexander agregó que “sin pronunciar una sola palabra, ella me habló. Este mensaje, si tuviera que traducirlo al lenguaje terrenal, sería algo como esto: “No tienes nada que temer” y “Ustedes son amados y apreciados, para siempre”. Este mensaje me atravesó como un viento y me inundó con una inmensa y loca sensación de alivio. “Te vamos a mostrar muchas cosas aquí”, dijo la mujer, una vez más sin llegar a utilizar estas palabras, sino transmitiéndome directamente su esencia conceptual. “Pero eventualmente vas a regresar”. Para ello sólo tenía una pregunta. ¿Regresar a dónde? Un viento cálido soplaba, como los que surgen en los días más perfectos de verano, sacudiendo las hojas de los árboles y fluyendo como agua celestial. Una brisa divina. Esto cambió todo, transformando el mundo a mi alrededor en una octava incluso más alta, una vibración más alta. A pesar de que aún tenía una pequeña función del lenguaje, al menos la idea que tenemos de él en la Tierra, sin decir palabras comencé a formular preguntas a este viento, y al ser divino que sentía que trabajaba detrás de él o dentro de él. ¿Dónde está este lugar? ¿Quién soy yo? ¿Por qué estoy aquí? Cada vez que expresé silenciosamente una de estas preguntas, la respuestas llegaron inmediatamente, en una explosión de luz, color, amor y belleza que soplaba a través de mí como una ola rompiendo. Lo más importante de estas explosiones es que no callaban mis preguntas abrumándolas. Respondían a las preguntas, pero de una forma que pasaba el lenguaje por alto. Los pensamientos me entraban directamente. Pero no era pensamiento como lo experimentamos en la Tierra. No era vago, inmaterial o abstracto. Estos pensamientos eran sólidos e inmediatos, más calientes que el fuego y más húmedos que el agua, y mientras los recibía era capaz de comprender al instante y sin esfuerzo conceptos que me habría llevado años comprender plenamente en mi vida terrenal”.
 
Infinitamente reconfortante
 
En la parte final de su relato, después de haberse topado con algunos parientes y amigos ya fallecidos, Alexander detalló que “seguí avanzando y me encontré ingresando en un inmenso vacío, completamente oscuro, infinito en tamaño, pero también infinitamente reconfortante. Era profundamente negro pero, a la vez, rebosante de luz. Una luz que parecía venir de un orbe brillante que ahora sentía más cerca de mí”.
 
Para sorpresa de los médicos, Alexander despertaría abruptamente de su estado de coma, entrando en un franco estado de recuperación. Su supuesta experiencia en el Más Allá, por supuesto, lo convirtiría en un hombre totalmente nuevo.
 
“Ahora sé que el universo no sólo está definido por la unidad, sino también por el amor. El universo como lo experimenté en mi estado de coma es – he descubierto con sorpresa y alegría- el mismo sobre el cual tanto Einstein y Jesús habían hablado en sus (muy) diferentes maneras. Aún sigo siendo un doctor, y aún sigo siendo un hombre de ciencia, casi exactamente igual a como era antes de que tuviera mi experiencia. Pero en un nivel más profundo soy muy diferente a la persona que era antes, porque he podido vislumbrar esta extraordinaria dimensión que nos espera después de esta vida terrenal”.
 
La inusual experiencia del doctor Eben Alexander fue recogida con detalles en su libro “Proof of Heaven: A Neurosurgeon’s Journey into the Afterlife (“La prueba del Paraíso: El viaje de un neurocirujano hacia el Más Allá”) que, como era de esperarse, causó una gran controversia entre la comunidad científica de su país.
 

http://www.guioteca.com/fenomenos-paranormales/el-increible-relato-del-doctor-que-despues-de-sufrir-un-coma-aseguro-haber-conocido-el-paraiso/

sábado, 9 de noviembre de 2013

El Pájaro de la Resurrección espiritual: Fénix


"Esta Resurrección espiritual se representa por un Pájaro - en las figuras tebanas mezcla de golondrina y de halcón- y con cabeza humana. En Menfis era representado por el Fénix o Pájaro de la Resurrección. Uno de sus nombres, en Tebas, es Akhu o Cheybi, y simboliza la Intuición de las Cosas Sagradas. En una clave es el Alma, la parte espiritual Luminosa que da lugar a la Magia Blanca, a los Prodigios, a las Santidades.


Tiene la propiedad de poder posarse, sobre el techo de las cosas concretas, y también, por su condición de pájaro, de remontarse y volar hacia las alturas de la Otra Tierra, la Mansión de los Bienaventurados, el Amen-Ti, literamente la Tierra de Amón, o mejor el País de Amón o la Gran Casa de Amón, que es perfecta y estable."

fragmento del libro:  TEBAS
Autor: Jorge Angel Livraga Rizzi

jueves, 12 de septiembre de 2013

La Existencia Una...




"En nuestro Mundo Solar, la Existencia Una es
los Cielos y la Tierra, la Raíz y la Flor, la Acción y el Pensamiento.
Está en el Sol,y está del mismo modo presente en la luciérnaga.
Ni un átomo puede escapar a la misma.
Por lo tanto, los antiguos sabios la han llamado, acertadamente,
el Dios manifestado en la Naturaleza..."


Doctrina Secreta- fragmento- H.P. Blavatsky

Parte del Universo...



"El Hombre desplaza velozmente su cuerpo, pero viaja atrapado en sí mismo, ciego y sordo, sin capacidad para el asombro filosófico y menos aún  para la proyección metafisica. No se concibe el bien, sino la beneficiencia; no se aprecia la paz del corazón sino la comidad de las nalgas; no se medita sino que se especula. El Mundo se ha transformado en una cesta de grillos presos que hacen mucho ruido pero que no pueden trascender las mallas de un parloteo desesperado, aturdidos todos por sus propias colisiones psicológicas.

Es indispensale que el Hombre de sienta de nuevo parte del Universo; ni su dueño ni su esclavo, simplemente parte de ese Macrobios que es el Cosmos en el cual está insertado el Microcosmos o Antropos. Descartemos las contradicciones inventadas en la Cámara de los Espejos y vayamos a la armonizaciones que nos son naturales."

Lo que más precisa la presente Humanidad es un poco de sana espiritualidad, de paz en el Alma, dando menos importancia al cuerpo y sus pasiones.

Debemos recobrar el equilibrio perdido para que la marcha hacia el futuro deje de estar ensombrecida por negras nubes de malos augurios.


fragmento de LOS ELEMENTALES DE LA NATURALEZA
Autor: Jorge Angel Livraga