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jueves, 23 de febrero de 2017

VIDA, ESTAMOS EN PAZ de Amado Nervo


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Muy cerca de mi ocaso, yo te bendigo, vida,
porque nunca me diste ni esperanza fallida,
ni trabajos injustos, ni pena inmerecida;
porque veo al final de mi rudo camino
que yo fui el arquitecto de mi propio destino;

que si extraje las mieles o la hiel de las cosas,
fue porque en ellas puse hiel o mieles sabrosas:
cuando planté rosales, coseché siempre rosas.

...Cierto, a mis lozanías va a seguir el invierno:
¡mas tú no me dijiste que mayo fuese eterno!

Hallé sin duda largas las noches de mis penas;
mas no me prometiste tan sólo noches buenas;
y en cambio tuve algunas santamente serenas...

Amé, fui amado, el sol acarició mi faz.
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

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Amado Nervo

LA MONTAÑA de Amado Nervo


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Desde que no persigo las dichas pasajeras,
muriendo van en mi alma temores y ansiedad:
la Vida se me muestra con amplias y severas
perspectivas, y siento que estoy  en las laderas
de la montaña augusta de la Serenidad.
Comprendo al fin el vasto sentido de las cosas;
sé escuchar en silencio lo que en redor de mí
murmuran piedras, árboles, ondas, auras y rosas…
y advierto que me cercan mil formas misteriosas
que nunca presentí.
Distingo un santo sello sobre todas las frentes;
un divino me fecit Deus, por dondequier,
y noto que me hacen signos inteligentes
las estrellas, arcano de las noches fulgentes,
y las flores, que ocultan enigmas de mujer.
La Esfinge, ayer adusta, tiene hoy ojos serenos;
en su boca de piedra florece un sonreír
cordial, y hay en la comba potente de sus senos
blanduras de almohada para mis miembros llenos
a veces de la honda laxitud del vivir.
Mis labios, antes pródigos de versos y canciones,
ahora experimentan el deseo de dar
ánimo a quien desmaya, de verter bendiciones,
de ser caudal perenne de aquellas expresiones
que saben consolar.
Finé mi humilde siembra; las mieses en las eras
empiezan a dar fruto de amor y caridad;
se cierne un gran sosiego sobre mis sementeras;
mi andar es firme…
¡Y siento que estoy en las laderas
de la montaña augusta de la Serenidad!

Amado Nervo

martes, 14 de febrero de 2017

EN LAS CONSTELACIONES de Rubén Darío

Orión ¿Quién es y cuál es el origen de la constelación? - WeMystic


En las constelaciones Pitágoras leía, 
yo en las constelaciones pitagóricas leo; 
pero se han confundido dentro del alma mía
el alma de Pitágoras con el alma de Morfeo. 

Sé que soy, desde el tiempo del Paraíso, reo;
sé que he robado el fuego y robé la armonía;
que es abismo mi alma y huracán mi deseo;
que sorbo el infinito y quiero todavía... 

Pero ¿qué voy a hacer, si estoy atado al potro
en que, ganado el premio, siempre quiero ser otro, 
y en que, dos en mí mismo triunfa uno de los dos? 

En la arena me enseña la tortuga de oro
hacia dónde conduce de las musas el coro 
y en dónde triunfa, augusta, la voluntad de Dios.


Rubén Darío

lunes, 13 de febrero de 2017

AMA TU RITMO... de Rubén Darío

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Ama tu ritmo y ritma tus acciones 
bajo su ley, así como tus versos; 
eres un universo de universos 
y tu alma una fuente de canciones.

La celeste unidad que presupones 
hará brotar en ti mundos diversos, 
y al resonar tus números dispersos 
pitagoriza en tus constelaciones.

Escucha la retórica divina 
del pájaro, del aire y la nocturna 
irradiación geométrica adivina;
mata la indiferencia taciturna
y engarza perla y perla cristalina 
en donde la verdad vuelca su urna.

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Rubén Darío

Cantos de Vida y Esperanza de Rubén Darío


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Yo soy aquél que ayer no más decía
el verso azul y la canción profana,
en cuya noche un ruiseñor había
que era alondra de luz por la mañana.
              
El dueño fui de mi jardín de sueño,
lleno de rosas y de cisnes vagos;
el dueño de las tórtolas, el dueño
de góndolas y liras en los lagos;
              
y muy siglo diez y ocho y muy antiguo
y muy moderno; audaz, cosmopolita;
con Hugo fuerte y con Verlaine ambiguo,
y una sed de ilusiones infinita.
              
Yo supe de dolor desde mi infancia;
mi juventud... ¿fue juventud la mía?
sus rosas aún me dejan la fragancia...
una fragancia de melancolía...
              
Potro sin freno se lanzó mi instinto,
mi juventud montó potro sin freno;
iba embriagada y con puñal al cinto;
si no cayó, fue porque Dios es bueno.

           
En mi jardín se vio una estatua bella,
se juzgó mármol y era carne viva;
un alma joven habitaba en ella,
sentimental, sensible, sensitiva.
              
Y tímida ante el mundo, de manera
que, encerrada, en silencio, no salía
sino cuando en la dulce primavera
era la hora de la melodía...
             
Hora de ocaso y de discreto beso;
hora crepuscular y de retiro;
hora de madrigal y de embeleso,
de "te adoro", de "¡ay!", y de suspiro.
              
Y entonces era en la dulzaina un juego
de misteriosas gamas cristalinas,
un renovar de notas del Pan griego
y un desgranar de músicas latinas,
              
con aire tal y con ardor tan vivo,
que a la estatua nacían de repente
en el muslo viril patas de chivo
y dos cuernos de sátiro en la frente.
              
Como la Galatea gongorina
me encantó la marquesa verleniana,
y así juntaba a la pasión divina
una sensual hiperestesia humana;
              
todo ansia, todo ardor, sensación pura
y vigor natural; y sin falsía,
y sin comedia y sin literatura...
si hay un alma sincera, ésa es la mía.
              
La torre de marfil tentó mi anhelo;
quise encerrarme dentro de mí mismo,
y tuve hambre de espacio y sed de cielo
desde las sombras de mi propio abismo.
              
Como la esponja que la sal satura
en el juego del mar, fue el dulce y tierno
corazón mío, henchido de amargura
por el mundo, la carne y el infierno.
              
Mas, por gracia de Dios, en mi conciencia
el Bien supo elegir la mejor parte;
y si hubo áspera hiel en mi existencia,
melificó toda acritud el Arte.
              
Mi intelecto libré de pensar bajo,
bañó el agua castalia el alma mía,
peregrinó mi corazón y trajo
de la sagrada selva la armonía.
              
¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda
emanación del corazón divino
de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda
fuente cuya virtud vence al destino!
         
Bosque ideal que lo real complica,
alli el cuerpo arde y vive y Psiquis vuela;
mientras abajo el sátiro fornica,
ebria de azul deslíe Filomela,
              
perla de ensueño y música amorosa
en la cúpula en flor del laurel verde,
Hipsipila sutil liba en la rosa,
y la boca del fauno el pezón muerde.
              
Allí va el dios en celo tras la hembra
y la caña de Pan se alza del lodo:
la eterna vida sus semillas siembra
y brota la armonía del gran Todo.    
          
El alma que entra allí debe ir desnuda,
temblando de deseo y fiebre santa,
sobre cardo heridor y espina aguda:
así sueña, así vibra y así canta.
              
Vida, luz y verdad, tal triple llama
produce la interior llama infinita.
El Arte puro como Cristo exclama:
Ego sum lux et veritas et vita!
              
Y la vida es misterio; la luz ciega
y la verdad inaccesible asombra;
la adusta perfección jamás se entrega,
y el secreto ideal duerme en la sombra.
              
Por eso ser sincero es ser potente:
de desnuda que está brilla la estrella;
el agua dice el alma de la fuente
en la voz de cristal que fluye d'ella.
              
Tal fue mi intento, hacer del alma pura
mía una estrella, una fuente sonora,
con el horror de la literatura
y loco de crepúsculo y de aurora.
              
Del crepúsculo azul que da la pauta
que los celestes éxtasis inspira;
bruma y tono menor -¡toda la flauta!,
y Aurora, hija del Sol- ¡toda la lira!
              
Pasó una piedra que lanzó una honda;
pasó una flecha que aguzó un violento.
La piedra de la honda fue a la onda,
y la flecha del odio fuese al viento.
     
La imagen puede contener: exterior y naturaleza
      
La virtud está en ser tranquilo y fuerte;
con el fuego interior todo se abrasa;
se triunfa del rencor y de la muerte,
y hacia Belén... ¡La caravana pasa!



Rubén Darío

domingo, 12 de febrero de 2017

El Poeta a las Musas - Ruben Darío

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Tengo que preguntaros ¡oh divinas
Musas! si el plectro humilde que meneo
mejor produzca los marciales himnos,
y dé armonía al cántico guerrero,

o de Natura los preciados dones
ensalce al son de cadenciosos versos,
o en églogas armónicas repita
de Títiro el cantar y Melibeo.

Decidme, sacras Musas, si el conturno
trágico calce de grandioso fuego
henchido el corazón;o si la trompa
que puede producir los cantos épicos

empuñe osado; o si la ebúrnea lira
vagos intenten dominar mis dedos
para cuajar el aire de armonías
dulces como las mieles del Himeto.

Yo ansío la corona que la Fama
brinda a los sacerdotes de lo bello,
y corro en busca del divino lauro,
verde siempre al fulgor apolíneo,

En su loco afanar la mente mía
alza a la altura el atrevido vuelo,
y se embebe en la luz de lo infinito
al admirar a los pasados genios.

Rudo en mi oído escucho resonante
el hexámetro rígido de Homero
y el son melifluo de la flauta de oro
que inventa Pan dentro de los bosques griegos.

Siglos pasados, extendiendo el Arte
su eterna luz y su poder excelso,
materia de inmortales concepciones
e instrumentos y voz al vate dieron.

Batió el Pegaso el ala voladora,
irguió la crin y del Olimpo heleno
hirió la cumbre con el leve casco;
y el poeta preludió su hosanna eterno
.

La imagen puede contener: una o varias personas y personas de pie
El padre Apolo derramó su gracia,
el padre Apolo del talante regio,
aquel del verso rítmico y sonante
que llenaba el abismo de los cielos.

Y fue el pota de laurel ceñido
del rubio Dios en los alegres juegos,
e infinita cadencia inagotable
brotada de sus labios entreabiertos.

Pero este siglo, Musas, tan extraño
del arte universal a los portentos
¿a quién no infunde temerosa idea
por más que lleve ardores en el pecho?

¿Qué ley ha de seguir el que el vibrante
bordón del arpa pulsa, y el soberbio
cantar pretende a las sonoras alas
confiar ansioso, de los vagos vientos?

Cruje la inmensa fábrica y retumba
incesante golpear de broncos hierros;
y tal parece que martilla el yunque,
gobernador del mundo, Polifemo.

Decidme si he de alzar voces altivas
ensalzando el espíritu moderno;
o si, echando al olvido estas edades,
me abandone a merced de los recuerdos.

Porque es más de mi agrado el engolfarme
en mis tranquilos clásicos recreos,
en pasadas memorias, y en delicias
que me suelen traer días pretéritos.

Ya no se oye de Eschylo la palabra
vibradora y terrible como el trueno,
ni repite rapsodio vagabundo
las rudas notas del mendigo Homero.

Calló el rabel de Teócrito apacible
que amor cantó de rústico monteros,
rodaron las estatuas de los pórticos
y enmudeció el oráculo de Delfos.

Hoy el rayo de Júpiter Olímpico
es esclavo de Franklin y de Edison;
ya nada queda del flamante tirso,
y el ruin Champagne sucedió al Falerno.

Las abejas del Ática libaron
flores sagradas de divinos pétalos,
alimentadas con la savia pura
que a raudales brotó de virgen suelo.

Se congregaron los poetas todos,
y fijos en el lauro de Menermo,
pulsaban los alambres de las cítaras
inventando dulcísimos conciertos.

Y así reinaba el Arte poderoso,
de par en par las puertas de su templo,
y bajo un cielo azul iban errantes
las balsámicas brisas del Egeo.

Todo acabó. Decidme, sacras Musas,
¿cómo cantar en este aciago tiempo
en que hasta los humanos orgullosos
pretenden arrojar a Dios del cielo?


[Managua, 1884]

Rubén Darío