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Cartas de los Mahatmas-fragmentos

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viernes, 14 de noviembre de 2014

La dificultad de la percepción global




Una vez llegó un elefante a una ciudad poblada por ciegos. En esa ciudad se ignoraba
qué y cómo era ese extraño y enorme animal, así que decidieron llamar a los más eruditos entre ellos para que elevaran un dictamen. El primero se acercó al animal y palpó concienzudamente sus patas. Al rato sentenció: -Amigos, no hay duda. Un elefante es como una columna.

El segundo de ellos también se acercó al paquidermo y tocó a fondo sus orejas.
-Temo comunicaros que mi colega se ha equivocado. Un elefante es un gran abanico doble -dijo el segundo. 

El tercero, en cambio, centró su inspección en la trompa.

-Debo decir -proclamó- que mis dos colegas han errado en su apreciación. Es evidente que un elefante es como una gruesa soga. 

De este modo cada erudito captó su propio grupo de defensores y detractores, iniciándose una polémica que hizo que llegaran a las manos. 

En esto llegó al pueblo un hombre que veía perfectamente, y ante aquella confusión preguntó el motivo de la disputa. Desordenadamente, cada grupo volvió a defender su opinión sobre lo que en verdad era un elefante. 

Oídos a todos, el hombre que veía trató de sacarles de su error explicando que cada erudito sólo había percibido una parte del elefante, por lo que les describió cómo era en realidad el animal. Pero los ciegos creyeron que aquel hombre estaba loco. 

Lo expulsaron de su poblado, y continuaron por los siglos debatiendo entre ellos sobre lo que creían debía ser un elefante.



CUENTOS ORIENTALES

La dificultad de aprender verdaderamente




En cierta ocasión, un hombre de gran erudición, fue a visitar a un anciano que estaba considerado como un sabio. Llevaba la intención de declararse discípulo suyo y aprender de su conocimiento. Cuando llegó a su presencia, manifestó sus pretensiones pero no pudo evitar el dejar constancia de su condición de erudito, opinando y sentenciando sobre cualquier tema a la menor ocasión que tenía oportunidad. En un momento de la visita, el sabio lo invitó a tomar una taza de té. El erudito aceptó, aprovechando para hacer un breve discurso sobre los beneficios del té, sus distintas clases, métodos de cultivo y producción. Cuando la humeante tetera llegó a la mesa, el sabio empezó a servir el té sobre la taza de su invitado. Inmediatamente, la taza comenzó a rebosar, pero el sabio continuaba vertiendo té impasiblemente, derramándose ya el líquido sobre el suelo.

-¿Qué haces insensato? -clamó el erudito-. ¿No ves que la taza ya está llena?


-Ilustro esta situación -contestó el sabio-. Tú, al igual que la taza, estás ya lleno de tus propias creencias y opiniones. ¿De qué te serviría que yo tratara de enseñarte nada?



CUENTOS ORIENTALES

domingo, 19 de octubre de 2014

EL PAÍS EN QUE LA LLUVIA ERA LUMINOSA




Después de lentas jornadas a caballo por espacio de medio mes y por caminos desconocidos y veredas sesgas, llegamos al país de la lluvia luminosa.

La capital de este país, ignorado ahora, aunque en un tiempo fue escenario de claros hechos, era una ciudad gótica, de callejas retorcidas, llenas de sorpresas románticas, de recodos de misterio, de ángulos de piedra tallada, en que los siglos acumularon su pátina señoril, de venerables matices de acero.

Estaba la ciudad situada a la orilla de un mar poco frecuentado; de un mar cuyas aguas se debe a bacterias que viven en la superficie de los mares, a animálculos microscópicos que poseen un gran poder fotogénico, semejante en sus propiedades al de los cocuyos, luciérnagas y gusanos de luz.

Estos microorganismos, en virtud de su pequeñez, cuando el agua se evapora, ascienden con ella, sin dificultad alguna. Más aún: como sus colonias innumerables son superficiales, la evaporación las arrebata por miríadas, y después, cuando los vapores se condensan y viene la lluvia, en cada gota palpitan incontables animálculos, pródigos de luz, que producen el bello fenómeno a que se hace referencia.

A decir verdad, el mar a cuyas orillas se alzaba la ciudad término de mi viaje no siempre había sido fosforescente. El fenómeno se remontaba a dos o tres generaciones. Provenía, si ello puede decirse, de la aclimatación en sus aguas de colonias fotogénicas (más bien propias de los mares tropicales), en virtud de causas térmicas debidas a una desviación del Gulf stream, y a otras determinantes que los sabios, en su oportunidad, explicaron de sobra. Algunos ancianos del vecindario recordaban haber visto caer, en sus mocedades, la lluvia oscura y monótona de las ciudades del Norte, madre del esplín y de la melancolía.



Desde antes de llegar a la ciudad, al pardear la tarde de un asoleado y esplendoroso día de julio, gruesas nubes, muy bajas, navegaban en la atmósfera torva y electrizada.

El guía, al observarlas, me dijo:
-Su merced va a tener la fortuna de que llueva esta noche. Y será un aguacero formidable.
Yo me regocijé en mi ánima, ante la perspectiva de aquel diluvio de luz…

Los caballos, al aspirar el hálito de la tormenta, apresuraron el paso monorrítmico.
Cuando aún no trasponíamos las puertas de la ciudad, el aguacero se desencadenó.
Y el espectáculo que vieron nuestros ojos fue tal, que refrenamos los corceles, y a riesgo de empaparnos como una esponja, nos detuvimos a contemplarlo.

Parecía como si el caserío hubiese sido envuelto de pronto en la terrible y luminosa nube del Sinaí…


Todo en contorno era luz; luz azulada que se desflecaba en las nubes en abalorios maravillosos; luz que chorreaba de los techos y era vomitada por las gárgolas, como pálido oro fundido; luz que, azotada por el viento, se estrellaba en enjambres de chispas contra los muros; luz que con ruido ensordecedor se despeñaba por las calles desiguales, formando arroyos de un zafiro o de un nácar trémulo y cambiante.

Parecía como si la luna llena se hubiese licuado y cayese a borbotones sobre la ciudad…

Pronto cesó el aguacero y traspusimos las puertas. La atmósfera iba serenándose.

A los chorros centellantes había sustituido una llovizna diamantina de un efecto prodigioso.

A poco cesó también ésta y aparecieron las estrellas, y entonces el espectáculo fue más sorprendente aún: estrellas arriba, estrellas abajo, estrellas por todas partes.

De las mil gárgolas de la Catedral caían todavía tenues hilos lechosos. En los encajes seculares de las torres brillaban prendidas millares de gotas temblonas, como si los gnomos hubiesen enjoyado la selva de piedra. En los plintos, en los capiteles, en las estatuas posadas sobre las columnas; en las cornisas, en el calado de las ojivas, en todas las salientes de los edificios, anidaban glóbulos de luz mate. Los monstruos medievales, acurrucados en actitudes grotescas, parecían llorar lágrimas estelares.

Y por las calles inclinadas y retorcidas, como un dragón de ópalo fundido, la linfa brillante huía desenfrenada, saltando aquí en cascadas de llamas lívidas, bifurcándose allá, formando acullá remansos aperlados en que se copiaban las eminentes siluetas de los edificios, como en espejos de metal antiguo…

Los habitantes de la ciudad (las mujeres, sobre todo), que empezaban a transitar por las aceras de viejas baldosas ahora brillantes, llevaban los cabellos enjoyados por la lluvia cintiladora.

Y un fulgor misterioso, una claridad suave y enigmática se desparramaba por todas partes.

Parecía como si millares de luciérnagas caídas del cielo batiesen sus alas impalpables.

Absorto por el espectáculo nunca soñado, llegué sin darme cuenta, y precedido siempre de mi guía, al albergue principal de la ciudad.

En la gran puerta, un hostelero obeso y cordial me miraba sonriendo y avanzó complaciente para ayudarme a descender de mi cabalgadura, a tiempo que una doncella rubia y luminosa como todo lo que la rodeaba, me decía desde el ferrado balcón que coronaba la fachada:

-Bien venida sea su merced a la ciudad de la lluvia luminosa.
Y su voz era más armoniosa que el oro cuando choca con el cristal.



AMADO NERVO

miércoles, 3 de agosto de 2011

DIÓGENES


Dicen que Diógenes iba por las calles de Atenas vestido con harapos y durmiendo en los zaguanes.
Cuentan que, una mañana, cuando Diógenes estaba amodorrado todavía en el zaguán de la casa donde había pasado la noche, pasó por aquel lugar un acaudalado terrateniente.
Buenos días-dijo el caballero
buenos días-contestó Diógenes
He tenido una semana muy buena, así que he venido a dartge una bolsa de monedas.
Diógenes lo miró en silencio, sin hacer un movimiento.
Tómalas. No hay trampa. Son mías y te las doy a ti, que sé que las necesitas más que yo.
¿Tú tienes más? -preguntó Diógenes
Claro que sí -contestó el rico-muchas más.
¿Y no te gustaría tener más que las que tienes?
Sí, por supuesto que me gustaría.
Entonces guárdate estas monedas, porque tú las necesitas más que yo

domingo, 4 de abril de 2010

CUENTOS ORIENTALES-No es fácil imitar a la naturaleza





Un rey convocó en una ocasión un concurso para premiar al artista capaz de realizar una obra que imitase a la naturaleza, de tal modo que nadie fuera capaz de distinguirla del modelo original. Se presentaron muchas esculturas magníficas, de gran belleza y delicadeza, pero comparadas con el modelo natural, todas ellas podían ser diferenciadas por un motivo u otro. Pero un día se presentó un viejo artista que mostró al jurado una cesta llena de hojas verdes.


Durante años había estado el escultor trabajando con un jade hasta finalizar aquella pieza maestra absolutamente idéntica a unas hojas de verdad. Hasta el más mínimo detalle, hasta el más ligero matiz estaban presentes en aquella escultura excepcional. Examinadas las hojas presentadas por el viejo escultor, ninguno de los presentes fue capaz de distinguir cuál de todas ellas era la pieza artificial y cuáles eran las naturales. Lógicamente, el premio le fue concedido de inmediato. Feliz por aquel resultado, el rey mandó llamar a su sabio consejero.

-Contempla, mi buen amigo, la obra maestra que ha ganado el concurso. Seguro que nadie es capaz a simple vista de distinguirla de unas hojas verdaderas. Este irrepetible artista ha estado trabajando más de diez años en su obra, y ha demostrado que la mano del hombre es capaz de igualar en belleza a la naturaleza. Me gustaría conocer tu opinión.

-Mi opinión es que si un árbol tardase más de diez años en hacer unas hojas, ¡apañados estaríamos! -contestó el consejero entre risas.


martes, 16 de diciembre de 2008

CUENTOS ORIENTALES-Milagros sin significado








Un anciano maestro mandó a sus discípulos a recorrer mundo con el encargo de que le trajeran noticia del acontecimiento más maravilloso que hubiesen contemplado durante su viaje. Al cabo de muchos meses regresó uno de ellos y empezó a narrarle lo siguiente:



-Maestro, lo más increíble y maravilloso que he contemplado en estos largos meses ocurrió un día en que estaba a punto de tomar una barcaza que cruzaba un caudaloso río. En el momento de zarpar, llegó un pobre anciano que le pidió al barquero que por caridad lo llevase a la orilla ya que no disponía de dinero.
El dueño de la barca se negó airadamente y soltó amarras con toda rapidez, de tal modo que la barca se adentró en la corriente. Pero en ese momento, y ante la mayor sorpresa de todos, el anciano cerró los ojos, entró en un estado de arrebatamiento ¡Y comenzó a caminar sobre las aguas hasta que vadeó el río! ¿No es asombroso? ¿No es eso un milagro?


-¿Cuánto costaba el pasaje de la barca? -preguntó el maestro.
-Sólo dos monedas -respondió el discípulo.

-Pues esas dos monedas es todo el valor del milagro que has contemplado.

viernes, 18 de julio de 2008

CUENTOS ORIENTALES-Así es la vida






Un agricultor pacífico y tranquilo que vivía con su hijo vio un día que su único caballo
se había escapado del establo. Los vecinos no dudaron en acercarse a su casa y condolerse por su mala suerte.
- Pobre amigo, qué mala fortuna. Has perdido tu herramienta de trabajo. ¿Quién te ayudará ahora con las penosas tareas del campo? Tú solo no podrás, y te espera el hambre y la ruina.
Pero el hombre únicamente contestó:
-Así es la vida.
Pero dos días después su caballo regresó acompañado de otro joven y magnífico ejemplar. Los vecinos esta vez se apresuraron a felicitarlo.
-¡Qué buena suerte, ahora tienes dos caballos.
Has doblado tu fortuna sin hacer nada! El hombre sólo musitó:
-Así es la vida.
Pero a los pocos días el padre y su hijo salieron juntos a cabalgar. En un tramo del camino, el joven caballo se asustó y tiró de la montura al muchacho, que se partió una pierna en la caída. Nuevamente los vecinos se acercaron a su casa.
-Sí que es mala suerte; si no hubiese venido ese maldito caballo, tu hijo estaría sano como antes, y no con esa pierna rota que Dios sabe si sanará.
El agricultor volvió a repetir:
-Así es la vida.
Pero ocurrió que en aquel reino se declaró la guerra y los militares se acercaron a aquella perdida aldea a reclutar a todos los jóvenes en edad de prestar servicio de armas. Todos marcharon al frente menos el hijo del agricultor, que fue rechazado por su imposibilidad de caminar. Los vecinos fueron otra vez a casa del agricultor, en esta ocasión con lágrimas en los ojos.
-¡Qué desgracia la nuestra, no sabemos si volveremos a ver a nuestros hijos; tú en cambio tienes en casa al tuyo con una pequeña dolencia!
El hombre, una vez más, dijo:
-Así es la vida.

jueves, 12 de junio de 2008

Lo fundamental y lo accesorio




CUENTOS ORIENTALES

Un hombre se perdió en el desierto. Al cabo de unos días ya punto de morir de sed, vio que una caravana se acercaba. Como pudo, llamó la atención de los viajeros, que presurosos se dirigieron hacia el necesitado. Éste, con un hilo de voz apenas pudo decir:
-Aaaguaa.
-Pobre hombre, parece que quiere agua, rápido, traigan un pellejo -reclamó uno que parecía el jefe.
-Un pellejo no, por Dios -interpeló otro-, no tiene fuerzas para beber en un pellejo, ¿no se dan cuenta? Traíganos una botella y un vaso para que pueda hacerlo cómodamente.
-¿Un vaso de cristal? ¿Estás loco o qué te pasa? -protestó otro de los presentes-. ¿No ves que lo cogerá con tanta ansia que puede romperlo y dañarse? ¡Traigamos un cuenco de madera!
-Aaaguaa... susurró el moribundo.
-Creo que ustedes se han vuelto locos -agregó un cuarto hombre-. ¿Es que acaso no recuerdan que tenemos un vino excelente? Siempre lo reanimará más un buen vaso de vino que el agua. ¡Traigamos el vino!
-Beebeeer -imploró el sediento con sus últimas fuerzas.-Seguro que el desierto los ha hecho perder el juicio. ¿Cómo vamos a darle vino sin saber si este hombre es musulmán? ¡Estaríamos obligándolo a cometer un gran pecado! Preguntémosle antes si es religioso -solicitó otro hombre de aspecto bondadoso.
-Pero ¿es que de verdad piensan darle de beber aquí a pleno sol? Antes tenemos que ponerlo a la sombra; yo tengo ciertos conocimientos de medicina y les digo que este hombre está ardiendo de fiebre y agotado. Llevémoslo a la caravana y pongámoslo en una cama -intervino otro de los presentes.

A los mercaderes no les dió tiempo a discutir más, aquel hombre acababa de fallecer en sus brazos.

miércoles, 14 de mayo de 2008

No es lo mismo la fantasía que la realidad




Cuentan que había un rey a quien le gustaban mucho los dragones. Se hizo un gran experto en esta materia y su palacio estaba decorado con obras de arte que recreaban todo tipo de dragones, gran parte de sus joyas representaban dragones y su ropa estaba decorada con motivos de dragones. En sus jardines manaban fuentes con dragones de piedra e instauró una gran fiesta llamada el Festival del Dragón. Incluso afirmaba que sería capaz de dar cualquier cosa con tal de tener la oportunidad de ver a un dragón si es que éstos hubiesen existido.

Una noche, un fuerte ruido lo despertó. Un enorme animal estaba introduciendo su cabeza por la ventana y, al abrir sus fauces, lanzó una llamarada que casi alcanzó al rey. Era un dragón. El aterrorizado monarca llamó a gritos a su guardia, que acudió en tropel armada hasta los dientes.

-¡Matad a esa bestia! -ordenaba el rey fuera de control. Al cabo de una cruenta pelea, el extraordinario animal yacía muerto a las puertas de palacio.

Desde ese momento, al rey dejaron de gustarle los dragones.