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sábado, 27 de enero de 2018

Dos aspectos tienen las cosas de este Universo...


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Dos aspectos tienen las cosas de este Universo de materia diferenciada: el luminoso y el oscuro. Estos dos aspectos nos conducen, en su aplicación práctica, al uso y al abuso respectivamente.  Todo  hombre  puede  llegar  a  ser  botánico  sin  aparente  perjuicio  del prójimo;  y  muchos  químicos  expertos  en  la ciencia,  saben  que  hay  sustancias  que igualmente pueden curar que matar. Doble aplicación tienen todos los ingredientes y todas las ponzoñas, desde la inofensiva cera hasta el mortífero ácido prúsico, y desde la saliva  de  un  niño  hasta  la  de  la  serpiente  cobra.  Esto  lo  saben,  por  lo  menos teóricamente,  los  mismos  bisoños  en  medicina;  pero  ¿qué  químico  moderno  ha descubierto  el  “aspecto  tenebroso”  de  las  sustancias  animales,  vegetales  o  minerales, reservado a los ocultistas? ¿Quién pudo penetrar el arcano de la íntima esencia de las cosas  y  sus  primarias  correlaciones?  Este  conocimiento  sólo  da  a  un  ocultista  la categoría de genuino Iniciado práctico, ya se convierta en un “Hermano de la Luz” o en un “Hermano de las Tinieblas”. La esencia de aquel sutilísimo e imperceptible veneno, el más activo de todos, que entraba en la composición de los tóxicos confeccionados por los Médicis y Borgias, puede curar o matar a cualquier hombre si quien lo maneja está verdaderamente en la gradación septenaria de su potencialidad  en  cada uno de los planos accesibles al hombre terreno; el resultado dependerá, naturalmente, de que el operador sea un Hermano de la Luz o un Hermano de la Sombra. El karma individual o colectivo impide a los hermanos de la luz realizar todo el bien que podrían; el colectivo esfuerzo de las “Piedras” de la “Muralla protectora de la Humanidad” no deja que los“Hermanos de las Tinieblas” acaben su nefasta obra.

...todo  está  contenido en la misma  y única  Esencia universal, cuyos  contrarios  efectos  dependen  de  su  grado  de  diferenciación  y  de  sus diversas correlaciones.
El aspecto luminoso de esta esencia produce vida, salud, dicha y divina paz; el aspecto tenebroso produce turbación, tristeza, enfermedad y muerte. Así  lo  demuestra  el  conocimiento  de  la  naturaleza  de  los  más  activos  venenos;  pues algunos  no  dañan  al  organismo  en  fuertes  dosis,  mientras  que  un  miligramo  puede matar  con  la  rapidez  del  rayo. Por  otra  parte,  la  misma  dosis  será  saludable  en combinación  con  otra  sustancia.  Siete son  los  grados  diferenciales, como  también  los planos de su acción, y cada grado tendrá benéficos o maléficos efectos, según el sistema en  que  se  opere. Los peritos en  estas  gradaciones  se  hallan  ya  en  el  camino  real  del adeptado práctico; pero la enorme mayoría de “mentalistas”, “curanderos”, “cristianos científicos”,  etc.,  operan  al  acaso  y  se  exponen  a  deplorables  resultados,  tanto  en  sí mismos como en los demás. Estimuladas todas estas nuevas sectas por el ejemplo de los yoguis  indos,  de  cuyas  prácticas  oyeron  hablar  sin  ocasión  de  estudiarlas,  se  han precipitado con los ojos cerrados, temerariamente y sin guía alguna, en la práctica de negar y afirmar, con lo que han producido más mal que bien. Algunos han tenido éxito, gracias a sus innatas facultades magnéticas y saludables, que muy frecuentemente contrarrestan lo que de otro modo los conduciría al mal."


Doctrina Secreta -fragmentos
H.P. Blavatsky

domingo, 14 de enero de 2018

Mahabharata, la gran epopeya de La India


06/09/2017
jcfdez


El Mahabharata es una de las obras más sublimes de la Literatura y Religión de todos los tiempos. Con sus cien mil versos, y la altura y complejidad de los temas tratados (en todos los ámbitos de la vida) hace palidecer a la Biblia hebrea y cristiana y a obras como la Odisea, la Ilíada. H.P.Blavatsky dijo que los Vedas fueron la matriz de pensamiento y mística donde bebieron todas las tradiciones de casi todos los pueblos históricamente conocidos. El Mahabharata, junto con el Ramayana, forma un “Quinto Veda” y sus enseñanzas, dilemas morales, arrebatos líricos y filosofía profunda elevan el alma del estudiante hasta donde quizás ninguna otra obra llegó. Como para los cristianos la Biblia, es de inspiración directamente divina. El caudal indoeuropeo que corre entre sus miles de páginas (cuatro veces la extensión de la Biblia) la convierte en un cántico a todo lo justo, lo bello y lo bueno, en un cuadro vivo del ideal heroico, de un sentido ígneo, poderoso y responsable de la vida, que no es una maldición sino una maravillosa oportunidad de triunfo, alegría, comprensión y redención, de respeto a todo lo que vive, de fraternidad luminosa entre todos los seres humanos, hijos de una misma madre Tierra. ¡Qué diferente del sentido de culpa de Adán y del trabajo como una maldición, y del sexo –y casi el amor-como un tabú, en el que ha sido educado el mundo occidental!

La Diosa Tierra se queja al Dios del Cielo, Indra, de que las vidas contaminadas e impías, insolentes de los humanos, que se han multiplicado como un virus o un cáncer sobre ella, la están llevando casi al punto de no retorno hacia la extinción (¡qué semejanza con el tiempo actual!). Indra ordena que las almas de los Dioses encarnen en la Tierra, para que luchando entre ellos, con sus cohortes de innúmeros guerreros, la purifiquen. Es la pureza a través del sacrificio. De este modo, en el seno de una familia, y de un reino, cuya capital es Hastinapura (la Ciudad de los Elefantes, es decir, la ciudad de la Sabiduría), las tensiones entre los 5 hijos de Pandú (divinos, justos, heroicos, luminosos) y los 101 de Dhitarashtra (fanáticos, mezquinos, iracundos, turbulentos y egoístas) se convierte en una Gran Guerra que implica a la India entera. La mitad de la obra es cómo se gesta, y las tentativas de evitarla, al precio de lo justo. La otra mitad es la guerra propiamente dicha, las luchas entre los diferentes héroes (símbolos de fuerzas de la naturaleza, estrellas, conceptos filosóficos, pueblos, etc.). En la mitad, el sublime discurso filosófico del Bhagavad Gita. En él, Krishna -rey y como avatara de Vishnu, encarnación de este Dios que sostiene al universo entero y guía como hilo irrompible la acción hasta el final- enseña a Arjuna, antes de la batalla, en medio de los dos ejércitos, los misterios del alma humana, el sentido de la vida y del deber, la estructura de la naturaleza, los peldaños que llevan a la realización espiritual… y, lo más importante, por qué debe luchar, en este teatro ceremonial que es el drama mismo de la existencia.


Lucha entre Bhisma y Arjuna, una de las escenas del Mahabharata
Como el tronco de un árbol y su infinidad de ramas, más grandes y pequeñas, junto al tema principal hay cientos de historias de un simbolismo, belleza y significado que conmueven hasta lo más íntimo. Historias que no sólo te hacen pensar, sino sonreír por dentro, o llorar de compasión, por su dramatismo moral, trágico, propio de los grandes héroes que no renuncian jamás a sus principios.

Ya haya sido enseñado, como dicen unos, en el siglo IV a.C, ya dos mil, o diez mil años antes (según estudios astronómicos de algunas escenas), la actualidad de estos textos es tan grande como su belleza. En la primera versión en televisión que hicieron en los años 80 en la India, los domingos, antes del mediodía, todo el país quedaba paralizado, y el carácter devocional hindú, tan sincero, ponía guirnaldas al televisor como si fuera un altar. Pues a tales divinas enseñanzas y visiones les conducían sus imágenes.

En la nueva versión de 100 horas y 267 capítulos, la tecnología moderna ha dado muchísima más vida, color y realismo a la narración. Un encantamiento para el alma, para sumergirla en sus propios abismos de símbolos, y de enseñanzas, que reconocemos como válidas, ayer, hoy y siempre, pues hacen sonar la lira mágica de nuestro corazón.

Si te decides a ver esta serie, o leer esta obra, bienaventurado tú, que vas a realizar este viaje, esta sagrada aventura. Que vas a pensar, reír y llorar con las escenas de Kurús y Pandavas, drama mismo de las batallas dentro del alma humana.



Jose Carlos Fernández

Almada 16 de agosto de 2017
Recogido de su blog : https://josecarlosfernandezromero.com

Bhagavad Gita

FILOSOFÍA
Un verso enigmático del Bhagavad Gita
27/09/2017
jcfdez

El Bhagavad Gita (literalmente “Canto del Maestro”) es uno de los grandes clásicos de la literatura y filosofía universal. Aparece en uno de los libros[1] del Mahabharata, la gran epopeya hindú, obra monumental de excelsas enseñanzas, dentro de la tradición védica, y atribuida al sabio Vyasa. En realidad el nombre de Vyasa significa “compilador” y no sabemos quién es el autor. Es incluso difícil datar cronológicamente tanto el Mahabharata como el Bhagavad Gita, y quizás fueron obras independientes, siendo después el segundo incluido en el primero. El Mahabharata narra la muerte de Krishna y el inicio del Kali Yuga, por lo que debe ser posterior al 3.102 a.C.[2] Además, del mismo modo que la Ilíada, se mantuvo oral durante un tiempo indefinido, siendo escrito, sólo a partir del siglo V a.C. El Mahabharata, como la Biblia misma, es un compendio de libros diferentes de épocas diferentes, y quizás algunos sean mucho más antiguos de lo que imaginamos. El Mahabharata pertenece a lo que se llama “tradición”, smriti (memoria), pero el Bhagavad Gita, con sus 18 libros y 700 versos, aunque forma parte de él, es llamado Upanishad e incluido en la “revelación sagrada” (sruti), como los Vedas mismos.

H.P.Blavatsky, a finales del siglo XIX decía que estos textos deben ser “leídos” con ayuda de siete claves de interpretación distintas (alquímica, psicológica, fisiológica, astronómica, histórica, matemática, etc.) con lo que es muy difícil saber qué acontecimientos narran, si son históricos- factuales, procesos de transformación de la naturaleza, astronómicos… Los historiadores occidentales englobaron toda esta obra dentro de la categoría “mito”, negando tajantemente su historicidad, como antes habían hecho lo mismo con la ciudad de Troya, la Ilíada y Odisea. Sin embargo, la ciudad de Dvaraka, sobre la que reinaba Krishna, fue encontrada casualmente al noroeste de la costa de la India, en el año 2001, haciéndonos revisar, así, todo lo que creíamos saber sobre esta saga formidable.

El Bhagavad Gita es la joya filosófica de la India, que llegó a Occidente, por primera vez con las traducciones al portugués. Shopenhauer la ensalzó, David Thoreau dijo de ella:

“Por las mañanas, baño mi intelecto en la filosofía estupenda y cosmogónica del Bhagavad Gita, ante la cual nuestro mundo moderno y su literatura parecen insignificantes y triviales”. Gandhi la tradujo del sánscrito y se la aprendió de memoria; H.P.Blavatsky la introdujo en los textos que debían estudiar y meditar sus discípulos y en general todos los miembros de la Escuela Esotérica; Sri Aurobindo hizo también una traducción y estudio comentado, y Vivekananda, entre otros cientos de filósofos y místicos le dedicaron su atención en varias obras. El mismo George Lucas se inspiró en el Bhagavad Gita y el Mahabharata para realizar Star Wars, según dijo ven varias entrevistas, animado también por la filosofía y recomendaciones de Joseph Campbell, otro de los enamorados de este libro. En la Organización Internacional Nueva Acrópolis es uno de los libros que estudiamos con asiduidad. La escena en que Arjuna, héroe principal de la obra, está en medio de los dos ejércitos contrarios (kurus y pandavas), antes del inicio de la guerra es muy inspiradora. Arjuna representa la conciencia humana en la gran encrucijada, en medio de una naturaleza divina y otra bestial que reclaman su espacio para en ella vivir.

De todos modos, el objetivo de este breve artículo no es hablar del Bhagavad Gita, en general, sino sólo de uno de sus versos (slokas), el número 46 del Segundo Capitulo (Estancia), capítulo llamado “Enseñanza Esotérica”. Para ver así, la gran dificultad que tenemos muchas veces a la hora de comprender estos textos en sánscrito donde casi todo son metáforas, comparaciones y analogías de asombrosa profundidad. Hay dificultad, incluso en traducir estos textos, pues la lengua sánscrita es muy sintética, casi matemático-conceptual, más que discursiva, y al pasarlo a lenguajes actuales (aunque estos sean de herencia indoeuropea), mutilamos muchas de las alusiones, o tenemos que hacer largos circunloquios, que al final, más velan y encubren que consiguen aclarar el significado original.

Literalmente, dice:

यावानर्थ उदपाने सर्वत: सम्प्लुतोदके |
तावान्सर्वेषु वेदेषु ब्राह्मणस्य विजानत: || 46||

yāvān artha udapāne sarvataḥ samplutodake
tāvānsarveṣhu vedeṣhu brāhmaṇasya vijānataḥ

yāvān—todo eso; arthaḥ—tiene por objeto; uda-pāne—en un pozo de agua; sarvataḥ—en todos los aspectos (o desde-por, hacia- todas partes); sampluta-udake—en un gran lago; tāvān—tantos, de modo similar; sarveṣhu—todos; vedeṣhu—Vedas; brāhmaṇasya—el hombre que conoce el Brahmán Supremo (que obtuvo la Iluminación); vijānataḥ—que tiene completo conocimiento

En el Bhagavad Gita traducido por Ramacharaka, que consultó muchas versiones para hacer una unificada en inglés, el yogui occidental se ve obligado a añadir explicaciones previas, todo el primer párrafo:

“Así como el agua que mana de una fuente llena las vasijas de acuerdo con la forma y capacidad de cada una de ellas, así también las enseñanzas espirituales no proporcionan sino la parte que cada cual es capaz de recibir conforme al grado de su evolución.

Para el brahmán iluminado, los Vedas son tan provechosos como si su mente fuese un vaso capaz de recibir toda el agua de una fuente inagotable.”

En la versión de Annie Besant, discípula de H.P.Blavatsky y directora de la Sociedad Teosófica desde el año 1907 hasta su muerte, en 1933:

“Tan provechosos son los Vedas para el brahmán iluminado como el agua de un estanque lleno hasta los bordes”

En una edición de Nueva Acrópolis España, que hace un compendio de varias:

“Para un sabio dotado de visión espiritual, los Vedas tienen tanta utilidad como un pozo que ha sido cubierto por una inundación”

En la de Sri Aurobindo, uno de los grandes filósofos y místicos del siglo XX

“Tanta utilidad hay en las aguas de un pozo que las aguas de la inundación rodean por todas partes como la hay en todos los Vedas para el brahmán que posee el conocimiento”

Swami Mukundananda lo traduce así:

Todo aquello para lo que sirve un pequeño receptáculo de agua sirve en todos los aspectos un gran lago. Del mismo modo, aquel que alcanza y entiende la Absoluta Verdad también cumple el propósito de todos los Vedas.”

En la traducción de Swami Prabhupada, en su “Bhagavad Gita, tal como es”

“Todos los propósitos que cumple un pequeño pozo, puede cumplirlos de inmediato un gran depósito de agua. De igual modo, todos los propósitos de los Vedas pueden ser cumplidos por aquel que conoce el propósito que hay detrás de ellos”

Es muy audaz la afirmación de “Bhagavad Gita, tal como es”, pues si la comparamos con las palabras sánscritas, una a una, esta es de las más “libres” e inexactas de entre todas estas traducciones. Después el comentario que hace el autor no tiene nada que ver, absolutamente nada con la máxima. El que sea el Bhagavad Gita que está en más casas occidentales no significa, ni muchísimo menos que sea el mejor. En mi opinión es la versión más dogmática, estrecha de pensamiento, y menos filosófica de casi todas las que conozco. Literalista y rígida, dentro de lo devocional (bhakti), un peligro, pues por naturaleza lo devocional debe ser fluídico y versátil, como el mismo movimiento del agua que corre o de la llama que se eleva en el cielo. El que fuera versión divulgada a “machacamartillo” incluso entregada gratuitamente no hace que sea una versión menos sectárea y apartada de una interpretación lógica y natural del texto.

En la versión de Gandhi, que además de traducir añade comentarios:

“En la medida en que un pozo es de utilidad cuando una inundación lo invade todo, en la misma medida son los Vedas de utilidad para un Brahmán que posee el Conocimiento.”

En la traducción de Adiyen Nasanudasan

“Para el Brahmín que conoce el Ser, los Vedas son de un uso semejante al de un estanque lleno para una persona sedienta”

En la traducción de A. Mahadeva Shastri:

La misma utilidad que hay en un estanque de agua, si la comparamos con una inundación de agua que se extiende por todas partes, la misma (utilidad) hay en todos los Vedas para un brahmán iluminado.

Destacamos, a modo de ejemplo, entre los comentarios, el del gran Ramanuja (1077-1157), de carácter devocional[3]:

“No todo lo que es enseñado en los Vedas es oportuno que sea practicado por todos. Un estanque, que desborde en agua está construido para todo tipo de propósitos, como irrigación, etc. La persona sedienta irá a usar sólo la necesaria para matar su sed, y nunca toda. Del mismo modo, un aspirante iluminado que busca la liberación sólo tomará de los Vedas aquello que contribuya directamente para la Liberación, y nada más”

Desde otra perspectiva, la del más grande de los filósofos vedantinos, Shankaracharya en su célebre comentario al Bhagavad Gita, analizando este verso dice:

“Cualquiera que sea la utilidad –para bañarse, o beber, o semejantes- para la que sirve un pozo, o tanque o muchos otros pequeños depósitos de agua, todas estas utilidades son sólo, como mucho, las utilidades que ofrece un flujo de agua que se extienda por todas partes; esto es, la utilidad del primero está comprendida en la del segundo. Del mismo modo, cualquier utilidad que exista en el ritual védico, ella está incluida en la utilidad del recto conocimiento de un Brahmán que ha renunciado al mundo y ha conquistado totalmente la verdad en relación con la Absoluta Realidad; siendo, en esta comparación tal conocimiento el agua que desborda por todas partes. El sruti dice: “Todo aquello bueno que haga la gente, todo ello es poseído por aquel que conoce lo que él (Raikva) conoce”. Lo mismo puede ser dicho aquí. De este modo, a un hombre que está destinado para el trabajo le es necesario realizar trabajos (que están aquí en el lugar de los pozos y tanques de agua), antes que él esté apto para la senda del conocimiento.”

Se nos hacen así patentes las dificultades de traducir estos textos, y que estas máximas son como diamantes facetados que irradian la luz-verdad en muchas direcciones, y que cada uno entiende así aquella para la que está preparado, o que está más en concordancia con su naturaleza íntima.

De todas estas interpretaciones, me quedo con un texto del profesor Jorge Ángel Livraga (1930-1991), que aunque no hace referencia explícita al Bhagavad Gita quizás dé como una flecha en el blanco con el sentido íntimo de esta sloka. En su “Oración al Maestro” dice:

“Señor, dame una gota de Tu comprensión, que será para mí como un mar por el cual navegaré y llegaré a las costas que sueño”



Jose Carlos Fernández

Almada, 20 de junio del 2017

[1] Más específicamente, en el Bhisma Parva

[2] Más específicamente, el inicio del Kali Yuga  o Era Oscura, se da el 17 de Febrero del 3102 a.C., en una conjunción de seis de nuestros planetas en el signo de Piscis. Su duración es estimada según la Cronología Hindú en 432.000 años.

[3] Comentario vinculado a la traducción de Aniyen Nasanudasan que aparece varias líneas antes.
Recogido de: https://josecarlosfernandezromero.com

miércoles, 3 de enero de 2018

LA UNIDAD DE LA DEIDAD


El puro y simple esoterismo no habla de un Dios personal; y por esto se nos tilda de ateos. Pero en realidad, la Filosofía oculta se basa en la ubicua presencia de Dios, de la Divinidad  Absoluta;  y  aunque  sobre  lo  Absoluto  no  especulamos,  por  ser sagrado  e incomprensible a la inteligencia finita, toda la Filosofía esotérica se funda, sin embargo, en  los  poderes  de  la  Divinidad  como  Fuente  de  cuanto  vive,  alienta  y  existe.  Las religiones antiguas demostraban lo uno por medio de lo vario. En Egipto, India, Caldea, Fenicia,  y  finalmente  en  Grecia,  las  ideas  acerca  de  la  Deidad  se  expresaban  por múltiplos de tres, cinco y siete; y además, por ocho, nueve y doce dioses mayores, que simbolizaban los poderes y atributos de la única y sola Divinidad. Esto se relacionaba con  esa  infinita  subdivisión  por  números  irregulares  y  especiales  a  que  sometían  a  su Divinidad  única,  los  metafísicos  de  aquellos  pueblos.  De  esta  manera  constituido,  el ciclo  de  los  dioses  tenían  todas  las  cualidades  y  atributos  de  lo  Único  supremo  e incognoscible;  porque  en  este  conjunto  de  divinas  personalidades,  o  más  bien  de símbolos  personificados,  mora  el  Dios  único,  el  Dios  uno,  el  Dios  de  quien  dicen  los indos que no tiene segundo. 

¡Oh   Dios   Ani!   [Sol  espiritual],   Tú   resides   en   la   aglomeración   de   tus  divinas personificaciones 243. 

Estas palabras indican que los antiguos creían que toda manifestación procede de la misma  única  Fuente,  que  todo  emana  del  idéntico  Principio  que  sólo  puede desenvolverse completamente en los colectivos agregados de sus emanaciones. El  pleroma  de  Valentino  es  equivalente  al  espacio  de  la  Filosofía  oculta;  porque pleroma  significa  “plenitud”,  las  regiones  superiores.  Es  la  suma  total  de  las  divinas manifestaciones  y  emanaciones,  que  denotan  la  plenitud o  totalidad  de  los  rayos procedentes  del  uno  que  se  diferencian  en  todos  los  planos  y  se  transforman en potestades divinas, llamadas ángeles y espíritus planetarios por los filósofos de todas las  naciones.  

Todos estos conceptos entonan, en diferentes épocas y en distintos idiomas, el sublime canto de los papiros egipcios de miles de años atrás, según se nos enseña: 

Los dioses te saludan y te adoran, ¡oh inescrutable y única Verdad!

Y dirigiéndose a Ra, añaden:

Los dioses se prosternan ante tu majestad, loan las almas de los que los engendraron...

y te  dicen: 

Paz  a  todas  las  emanaciones  del  Padre  inconsciente  de  los  dioses...Tú engendras los  seres.  Nosotros  adoramos  las  almas  que  emanan  de  Ti.  ¡Oh  Desconocido!  Tú  nos engendraste,  y  así  Te  loamos  adorando  a  las  almas–dioses  que  de  Ti  descienden  y  en nosotros viven.

Por esto se dijo:“No sabéis que sois templo de Dios y que el espíritu de Dios mora en vosotros” 244

244 San Pablo I, Corintios, III, 16.



fragmentos de DOCTRINA SECRETA
H.P.BLAVATSKY

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Sobre el Espíritu, la Materia, la Voluntad y la forma



Los más conspicuos filósofos reconocen que tanto los brahmanes como los  budistas   y los pitagóricos enseñaron esotéricamente, en forma más o menos inteligible,  la  doctrina de  la metempsícosis, profesada asimismo por  Clemente  de   Alejandría,  Orígenes, Sinesio,  Calcidi y los agnósticos, a quienes la historia diputa por los hombres más exquisitamente  cultos de su tiempo. Pitágoras y Sócrates sostuvieron las mismas ideas y ambos fueron condenados a muerte en pena de  enseñarlas, porque el vulgo ha sido igualmente brutal en  todo tiempo y el  materialismo ofuscó siempre las  verdades espirituales. De  acuerdo  con  los  brahmanes,  enseñaron Pitágoras  y  Sócrates  que  el  espíritu  de Dios anima las partículas de la materia en que  está  infundido;  que  el  hombre tiene dos almas de  distinta naturaleza, pues  una  (alma  astral  o  cuerpo  fluídico) es  corruptible y perecedera, mientras  que  la   otra  (augoeides  o  partícula  del   Espíritu  divino) es incorruptible é  imperecedera. El  alma  astral,  aunque  invisible para  nuestros  sentidos por ser  de materia  sublimada, perece y se renueva en los umbrales de cada  nueva esfera, de suerte que va purificándose más y más en las sucesivas transmigraciones. Aristóteles, que  por motivos  políticos  se  muestra  muy reservado  al  tratar  cuestiones de índole esotérica, declara explícitamente su opinión en este punto, afirmando que  el alma  humana  es  emanación  de  Dios  y  a  Dios  ha  de  volver  en  último  término.  Zenón, fundador  de  la  escuela  estoica, distinguía  en  la  naturaleza  dos  cualidades  coeternas: una activa, masculina, pura y sutil, el  Espíritu  divino; otra  pasiva,  femenina, la  materia que para actuar y vivir necesita del Espíritu, único  principio  eficiente cuyo  soplo  crea  el fuego,  el  agua,  la  tierra  y  el  aire. También  los  estoicos  admitían  como  los  indos  la reabsorción  final.  San  Justino  creía  en  la  emanación  divina  del  alma  humana, y su discípulo Taciano afirma que “el hombre es inmortal como el mismo Dios”. Es  muy  importante  advertir  que  el  texto  hebreo   del   Génesis, según   saben  los hebraístas, dice  así:  “A  todos  los  animales  de  la  tierra   y   a  todas  las  aves  del  aire  y  acuanto  se  arrastra  por  el  suelo  les  di  alma viviente".   Pero   los  traductores  han adulterado  el  original substituyendo  la  frase subrayada  por  la  de:  “allí en  donde  hay vida”. Demuestra Drummond que los traductores de las Escrituras hebreas han  tergiversado el sentido del texto en todos  los  capítulos,  falseando  hasta  la  significación del nombre de  Dios  que  traducen  por  El cuando  el  original dice Al que, según Higgins, significa Mithra, el  Sol conservador y  salvador.  Drummond  prueba  también  que  la  verdader atraducción  de  Beth–El es Casa del Sol y  no  Casa  de  Dios, pues  en  la  composición  de estos nombres cananeos, la palabra El no significa Dios, sino Sol. De esta manera  ha  desnaturalizado  la  teología  a  la  teosofía  antigua  y  la  ciencia  a  la filosofía.


Hace años, el filósofo alemán Schopenhauer afirmó  la  coexistencia  de  la  materia  y  de la  fuerza,  diciendo  que   el   universo   es   la   voluntad   manifestada   en   fuerzas  cuyas modalidades corresponden a los diferentes grados de objetividad. Esta  doctrina aceptó Vallace  al  convertirse  al  espiritualismo,  y  fué  precisamente  la  expuesta  por  Platón  al decir que  “todas  las  cosas  visibles  proceden   de   la  invisible  y  eterna  voluntad  que  las modela,  y  que  los  cielos están plasmados  en  el  eterno  modelo  del  “mundo  ideal” contenido en el dodecaedro  o  arquetipo geométrico  de  la  Divinidad”.  Según  Platón, la  substancia  primaria  emanó  de  la  mente  demiúrgica  (nous) donde  desde  la  eternidad reside  la  idea  del mundo  que  ha  de  ser  y  que  es en cuanto  la  idea  emana  de   la   divina mente. Las leyes  de  la  naturaleza  no son  ni  más  ni  menos  que  las  relaciones  entre  la 
idea  demiúrgica  y  sus   diversas   formas  de  manifestación cuyo  número  cambia  de continuo dentro del tiempo y del espacio. Sin embargo, distan mucho de  ser  estas  enseñanzas originales  de  Platón,  pues  en  los Oráculos caldeos se lee: “Las obras de la naturaleza  coexisten  con  la  intelectual  (noe'rv) y espiritual luz del Padre. Porque el alma (yuch') adorna  el inmenso cielo y lo embellece según voluntad del Padre”. Por  su  parte  dice  Filón,  a  quien  erróneamente  se  le  supone  discípulo  de  Platón:  “El mundo incorpóreo estaba ya entonces fundamentado en la mente divina”. La Teogonía de Mochus admite dos principios: el  éter y  el aire, de  los  que  procede  el Dios manifestado (nohtóç) el dios Ulom o universo material y visible. En los Himnos  Orficos,  el Eros–Phanes nace del  huevo  espiritual  fecundado  por  el viento  etéreo,  símbolo  del  “espíritu  de  Dios”  que  desde toda eternidad cobija la ideación divina. En  el  Kathopanishada, el Espíritu  divino  (Purusha)  es  preexistente  a  la  substancia primordial  con  la  que  se  une  para  engendrar  el  Mahâ–Atmâ  o  Brâhmâ,  es  decir,  el Espíritu  de  vida, el Anima Mundi, equivalente  a  la  Luz  Astral  de  los  teurgos y cabalistas. Pitágoras  aprendió  sus  doctrinas  en  los  santuarios  de  Oriente, encubriéndolas  bajo simbolismos  numéricos;  pero  su  discípulo  Platón las  expuso  en  forma  más  inteligible, de  modo  que  las  comprendieran los no  iniciados, aunque manteniendo todavía  las fórmulas esotéricas. Así dice que el Pensamiento divino es el padre, la Materia la madre y el Cosmos el hijo. Según afirma Dunlap, en  la  religión  egipcia había  un  Horus  mayor,  hermano  de Osiris,  y  un  Horus  menor,  hijo  de  Osiris  y de  Isis. El primero simbolizaba  la  idea del universo, contenida en  la  mente  demiúrgica, la idea  “surgida  en  la  obscuridad  antes  de la creación del mundo”; y el segundo era la misma idea ya emanada del  Logos, revestida de materia y actualizada en existencia.

Dicen los Oráculos Caldeos: “El Dios del mundo es eterno, ilimitado, joven y viejo y  deforma sinuosa”. La frase “forma sinuosa” es símbolo de la vibración de la luz Astral  que  los  sacerdotes de  la  antigüedad conocían perfectamente, aunque no tuvieran del  éter  el  mismo concepto que los modernos, pues por éter significaban la Idea eterna,  compenetrada  en el universo, es decir, la Voluntad que actualizada en energía organiza la materia. Dice Van  Helmont: “La voluntad  es la  potencia  capital y superior de todas.  La voluntad del Creador puso en movimiento todas  las  cosas. La  voluntad  es  atributo  de todas  las  entidades  espirituales y se desenvuelve con tanta  mayor  actividad  cuanto más libre está de la materia”. Y Paracelso, por sobrenombre “el divino”, añade: “La  fe  ha de ser la  corroboradora de la imaginación, pues por la fe se establece la voluntad...En todas las  obras mágicas, es requisito indispensable la  firmeza de voluntad...Las  artes  no  tienen  reglas  fijas  y ciertas, porque los hombres no saben imaginar  ni creer  en  el  resultado eficaz de lo que imaginan”. La negativa energía de la incredulidad y el escepticismo, aplicada en la  misma dirección, pero en sentido contrario y con igual intensidad, es la única potencia capaz de resistir a la positiva  energía del  espiritualismo  y  de  equilibrarla  dinámicamente. No  les ha de maravillar, por lo  tanto,  a  los  espiritistas  que  la  presencia  de  escépticos empedernidos  o  de  quienes  asistan a las sesiones con preconcebida  animosidad, sea impedimento para la manifestación fenoménica, pues si no hay en la tierra ningún poder consciente sin otro  opuesto  a  su  acción, ¿qué tiene  de  extraño  que  el  poder inconsciente de un médium  quede  paralizado  de  pronto  por  otro  poder  opuesto  y también inconscientemente ejercido? 

Nadie ha superado en obras milagrosas a Jesús, y sin embargo,la corriente de su  voluntad tropezó a veces con  el  escepticismo de las  gentes, según  corrobora aquel  pasaje  que  dice: “Y no obró allí prodigios a causa  de la  incredulidad  de las gentes”. En la filosofía  de  Schopenhauer se vislumbran estos mismos conceptos, y  no  harían mal  los  modernos  investigadores si la estudiaran, pues en ella  encontrarían singulares hipótesis basadas  en  ideas  antiguas, aparte de especulaciones acerca de los nuevos fenómenos psíquicos  que  les ahorraran el trabajo de pergeñar otras. Las fuerzas psíquica, ecténica y electro–biológica, el pensamiento latente, la cerebración inconsciente y todas las hipótesis  forjadas por  los  modernos investigadores, pueden resumirse en dos palabras: la luz astral de los cabalistas. Los valientes  conceptos  de  Schopenhauer difieren completamente  de  los de la mayoría de experimentadores.  Dice  el  ilustre  filósofo:  “En realidad  no  cabe  distinguir entre materia  y  espíritu. La  gravitación  de  una  piedra  es  tan inexplicable  como  el pensamiento en el cerebro humano. Si no sabemos  por  qué cae al  suelo un  objeto material, tampoco  sabremos  si  este   objeto es o no  capaz de pensar...Aun en  las mismas ciencias físicas, tan pronto como pasamos de lo experimental a lo especulativo, de lo  físico a lo  metafísico, nos  atajan el  paso las  enigmáticas fuerzas  de  cohesión, afinidad, gravitación, etc.,  cuyo misterio  es  para nuestros sentidos tan  profundo  como la  voluntad  y  el  pensamiento  humanos. Entonces  nos  vemos frente  a  frente  de  las inescrutables fuerzas de la naturaleza. ¿Dónde está, pues, esa materia que  presumís  deconocer tan bien y con la que os creéis familiarizados hasta el punto de  deducir  de  ella todas  vuestras  teorías  y de atribuirle cuanto  os  parece?  Nuestra  razón y nuestros sentidos sólo son capaces de conocer lo superficial, pero jamás  penetrarán en la  íntima substancia de las  cosas. Tal era la  opinión de  Kant.  Si  admitís  algo  espiritual en  el hombre, forzosamente habéis de  admitirlo  también  en  la  piedra.  Si  vuestra   muerta  y pasiva  materia  tiene  la  propiedad  de  gravitar, atraer,  repeler  y fulgurar, no es  razón negarle la de  pensar  como  piensa  el  cerebro. En  suma:  cada  partícula  del  llamado espíritu puede substituirse equivalentemente por otra de  materia, y  cada  partícula  de materia,  por otra  de  espíritu...Así  resulta  que  la  cartesiana  división  de  las  cosas  en materia  y  espíritu  es  filosóficamente  inexacta,  y  conviene  diferenciarlas  en voluntad y manifestacióncon la ventaja  de  espiritualizar  todas  las  cosas,  pues  lo  real  y  objetivo, los cuerpos y la materia de la división cartesiana, los  consideramos  como  manifestación dimanante de la voluntad”.Estas opiniones  corroboran  lo  que  ya  dijimos  acerca  de  las  diversas  denominaciones dadas a una misma cosa, como si los adversarios disputaran sobre palabras. Llámese fuerza, energía, electricidad, magnetismo, voluntad  o  potencia  espiritual  a  la  causa  del fenómeno siempre será la parcial manifestación del alma, encarnada o desencarnada,  de una   partícula   de   la   inteligente,  omnipotente   é   individual Voluntad que llena  la naturaleza toda y  a que, por  insuficiencia de lenguaje humano para expresar  los conceptos psicológicos, llamamos Dios. Las ideas que sobre  este  punto exponen  algunos  filósofos  modernos  son  erróneas en muchos aspectos, desde  el  punto  de  vista  cabalístico. Hartmann califica sus  propias opiniones de  prejuicio  instintivo y afirma que  la  experimentación  no  ha  de  tener  por objeto  la  materia  propiamente  dicha,  sino  las  fuerzas  que  en  ella actúan,  de lo  cual infiere que  la  llamada  materia  es  tan  sólo  agregación  de  fuerzas  atómicas, pues  de lo contrario  sería  la  materia  una  palabra  sin sentido científico. Mas  a  pesar  de  su  sincera confesión,  de  que  nada  saben  con seguridad acerca de ella, los  experimentadores físicos, fisiólogos y químicos divinizan  la  materia. Todo fenómeno  con  cuya explicación no aciertan, sirve de incienso en el altar de la diosa predilecta de la ciencia. Nadie  trata  tan  magistralmente  este  asunto   como   Schopenhauer   en   su   Parerga. Estudia detenidamente  el  magnetismo  animal,  la  terapéutica  simpática,  la  profecía,  la magia,  las  agüeros,  las  apariciones  espectrales  y  otros  fenómenos psíquicos,  respecto de  lo  cual  dice:  “Todas  estas  manifestaciones son  ramas  del  mismo  árbol  y  prueban irrefutablemente la existencia de una categoría de seres pertenecientes a un orden  de  la naturaleza  muy  distinto  del  que se  basa  en  las  leyes  del  espacio,  del  tiempo y de  la adaptación. Este otro orden es mucho más profundo porque es el originario y directo,  yde nada valen las comunes leyes de la naturaleza que tan sólo atañen a la forma. Por lo tanto, bajo el régimen de este orden superior, ni el tiempo, ni el espacio pueden separara las entidades  individuales,  y  la  separación  determinada  por  las   formas  corpóreas  no son barreras infranqueables para el  intercambio de  pensamientos y la inmediata acción de la  voluntad. De este modo pueden ocurrir cambios por procedimientos completamente diferentes de la causalidad física, es decir, mediante la voluntad manifestada  en  acción,  externamente  al  individuo. Así  resulta que el carácter  peculiar de  las  antedichas  manifestaciones  es  la  visión y  acción  a  distancia, tanto  respecto  del tiempo  como  del  espacio. Esta  acción  a  distancia  es  precisamente  la   característica fundamental  de  la  llamada  magia,  porque  es la acción inmediata  de  nuestra voluntad, una acción  independiente  de  las  condiciones causales  de  la  acción  física, es  decir,  del contacto material.“ Además, estas manifestaciones contradicen la lógica y esencialmente el  materialismo, y aún  el  naturalismo,  porque  de  ellas  se  infiere que el  orden  de  cosas  consideradas  por estas dos últimas escuelas como absolutas y exclusivamente  legítimas,  resultan,  por  el contrario, superficiales  y  fenoménicas, en  cuyo  fondo  hay  algo  aparte  y  del  todo independiente  de  sus  propias  leyes.  Por  lo  tanto,  estas  manifestaciones psíquicas  son las  más  importantes  de   cuantas  se  han  ofrecido  al  estudio de observación, por lo menos desde el punto de vista puramente filosófico, y todo científico está  obligado, a conocerlas”



De acuerdo con su maestro Leucipo, enseñaba Demócrito que  los  átomos en el vacío fueron el principio de todas las cosas existentes en el universo, entendiendo  por vacío, en sentido  cabalístico, la  Divinidad  latente cuya primera manifestación  es  la voluntad que comunica   el   primer impulso   a   los   átomos   que,   al   cohesionarse, constituyen  la  materia. Sin embargo, el  nombre  de  vacío es  menos  apropiado  que  su sinónimo caos, porque, según los peripatéticos, “la naturaleza tiene horror al vacío”. Las alegorías, aparte de otros elementos  de  juicio, demuestran que, mucho antes de Demócrito,  estaban  ya  familiarizados  los  antiguos  con  la  idea  de  la  indestructibilidad de la materia. Movers define  el  concepto fenicio  de  la  ideal luz  solar,  diciendo  que  era la espiritual influencia emanada del supremo Dios, Iao, la  luz  tan  sólo  concebible  por  la mente, el principio así físico como espiritual de  todas las  cosas  del  cual  emana  el  alma. Es la esencia masculina  o  sabiduría, mientras que el caos es la  esencia  femenina. Así tenemos,  que  la  materia  y  el  espíritu  eran  ya  para  los  fenicios los dos  principios coeternos é infinitos. Esta teoría es tan antigua como el mundo, y no  fué  Demócrito su autor, pues la intuición  del hombre  precedió al  ulterior  desenvolvimiento  de  su  razón. Las  escuelas  materialistas  son  incapaces  de  explicar  los  fenómenos ocultos, porque niegan  a  Dios,  en  quien  reside  la  Voluntad.  Su  desconocimiento  de  los  fenómenos psíquicos, y lo absurdo de las hipótesis con que pretenden  explicarlos, dimanan  de  que a priori desdeñan cuanto  puede  empujarles  a  transponer  los  límites  de  las  ciencias experimentales  y  entrar  en  los   dominios   de   la   psicología   o   de  la que  no  fuera incongruente llamar  fisiología  metafísica. Los  filósofos  antiguos  afirmaban  que todas las cosas visibles é invisibles surgían a la existencia por  manifestación  de  la  Voluntad,  a que  Platón  llamó  Idea divina,  y  que  así  como  esta  Idea  da  existencia  objetiva  a  la materia con sólo enfocar su voluntad en un centro de fuerzas localizadas, así también  el hombre, el microcosmos respecto  del  macrocosmos, da forma objetiva  a la  materia  en proporción  del  vigor  de  su  voluntad. Los  átomos  imaginarios son  como   operarios movidos automáticamente a influjo  de  la  Voluntad universal que en ellos se enfoca y, manifestada en fuerza, los pone  en actividad.  El  proyecto  del  futuro  edificio está  en  la mente del Arquitecto y es reflejo  de  su voluntad  que,  abstracta  desde  el  momento  de concebirlo, se concreta en cuanto los átomos imaginarios obedecen  a  los  puntos, líneas y formas trazadas en la mente del divino geómetra. Como  Dios  crea,  así  crea  el  hombre. Dadle  voluntad  lo  suficientemente vigorosa  y subjetivará  las  formas mentales, que  muchos llaman  alucinaciones, aunque  para  quien las forja sean tan reales como los objetos  tangibles.  Los materialistas nada pueden argüir contra esto, desde el  punto  en  que  para  ellos  es materia  el  pensamiento. Si  tal supusiéramos,  tendríamos  que  el  ingenioso mecanismo proyectado  por  el  inventor, las  encantadoras  escenas surgidas  de la mente del  poeta, los  soberbios  lienzos  pintados  por  la  viva imaginación del  artista, la  incomparable estatua cincelada en el pensamiento del  escultor, los  palacios y castillos planeados  por el arquitecto, debieran  existir  objetivamente, a  pesar  de  ser  subjetivos  é  invisibles, porque el pensamiento, según los materialistas, es materia  plasmada  en  forma. ¿Cómo negar entonces que haya hombres de voluntad lo  bastante  potente  para  transportar  al mundo visible estas creaciones mentales y revestirlas de materia tangible?"


  fragmentos de ISIS SIN VELO
H.P. BLAVATSKY

martes, 26 de diciembre de 2017

Platón, la Mente Suprema y los Misterios

Platón no  podía  aceptar  una  filosofía  sin   aspiración   espiritual.  Ambas   cosas  se armonizan  en  él.  El antiguo sabio griego tiene por único objeto  de  logro el  REAL CONOCIMIENTO. Sólo consideraba como filósofos sinceros, o estudiantes de verdad, a quienes poseían la ciencia de las realidades en oposición a las apariencias; de  lo eterno en oposición a lo transitorio; de lo permanente en oposición a cuanto  alternativamente crece, mengua, nace y perece. “Más allá de las existencias finitas y causas secundarias  de las leyes, ideas y principios,  hay una  INTELIGENCIA  o  MENTE  (noûç, nous, el espíritu), principio de los principios; Idea Suprema en  que se  apoyan  las  demás  ideas;  monarca  y legislador del universo; substancia primordial de  que  todas  las  cosas  proceden  y  a  que deben   su   existencia;   Causa   primera   y eficiente   de  todo orden,   armonía,    belleza, excelencia  y  bondad,  que  hienche  el  universo,  a  la  que  llamamos  el  Supremo  Bien,  el Dios (qeòç) de los  dioses  (ó èpì pántwn qeòç)” No  es  la  verdad  ni  la  inteligencia,  sino “Padre de ambas”. Aunque nuestros sentidos corporales no pueden percibir esta eterna esencia de las cosas, pueden comprenderla cuantos  por  no  ser  completamente obtusos quieran  comprenderla.  “A  vosotros  os  es  dado  saber  los  misterios  del  reino  de  los cielos;  mas  a  ellos  (pollá)  no  les  es  dado...Por  eso   les  hablo  por  parábolas;  porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden”. Asegura el neoplatónico Porfirio, que  en  los MISTERIOS  se  enseñaba  y  comentaba  la filosofía  de  Platón.  Muchos  han   puesto  en  tela   de   juicio  y  aun  han  negado  los misterios;  y  Lobeck,  en  su  Aglaophomus, llega  al  extremo  de  decir  que  estas  sagradas ceremonias sólo servían para  cautivar la imaginación. ¿Cómo  Atenas  y  Grecia hubieran acudido durante  más  de veinte  siglos  cada  cinco años  a  Eleusis,  si  los  misterios fueran farsa religiosa? Agustín, obispo de Hipona, declara que  las  doctrinas  neoplatónicas  son las  esotéricas  y  originales doctrinas  de  los  primeros  discípulos  de  Platón,  y  diputa  a Plotino  por  un  Platón  resucitado. También  explica  los  motivos  que  tuvo el gran filósofo para encubrir el sentido interno de sus enseñanzas.

Respecto de los Mitos, declara Platón en el Gorgias y en  el  Phœdon que  son  vehículos de grandes verdades muy dignas de aprender; pero los comentadores conocen tan poco al gran filósofo que se ven obligados a confesar que  no  saben  dónde  “termina  lo doctrinal y empieza lo mítico.

Fundando sus doctrinas  en la  Mente  Suprema,  enseña Platón  que  el  nous,  espíritu,  o alma racional del  hombre,  fué  “engendrado por  el  Padre  Divino”,  y  es  de  naturaleza semejante y homogénea  a  la  Divinidad, y,  por  lo  tanto,  capaz  de  percibir las eternas realidades. La facultad de contemplar la realidad directa é  inmediatamente,  sólo  es propia de Dios, y la aspiración a este conocimiento  es  la  filosofía  propiamente dicha,  o amor  a  la  sabiduría. El  amor a la verdad es  inherentemente el amor al  bien,  y  si predomina  sobre  todo  deseo  del  alma y  la  purifica  por  su  asimilación  con  lo  divino  y dirige las acciones del hombre, le  eleva a  participar de la  Divinidad y le  ensalza a semejanza de Dios. “Esta  ascensión”, dice  Platón  en  el  Theœtetus“consiste  en   llegar  aparecerse  a  Dios,  y  la  asimilación se  efectúa  cuando,  por  medio  de  la  sabiduría, el hombre es justo y santo”. La base de esta asimilación es siempre la preexistencia  del  espíritu  o nous. La alegoría del  carro  con   caballos  alados   del  Phœdrus, presenta  a  la  naturaleza  psíquica doblemente compuesta del  thumos  o  parte epithumética, formada de substancias pertenecientes al mundo de  los  fenómenos,  y el qumoeidéç, thumoeides,la esencia enlazada con el mundo eterno. La actual vida terrena es caída  y castigo.  El  alma  habita en "la sepultura que llamamos cuerpo” y en su estado de encarnación, antes de recibir la disciplina educativa, el  elemento espiritual  o noético está “dormido”. La  vida  es  más bien sueño que  realidad. Como  los  cautivos  de  la  subterránea  caverna descrita  en La República, percibimos  únicamente,  con  la  espalda  vuelta  a  la  luz,  las  sombras  de  los objetos  y  creemos  que  son  realidades  actuales. ¿Acaso  no  es  ésta  la  idea  de  Maya,  o ilusión de los sentidos durante la vida física, rasgo característico de la  filosofía budista? Si en la vida material no nos entregamos absolutamente a los  sentidos, estas ilusiones despiertan en nosotros la reminiscencia del mundo superior en que ya hemos  vivido. “El espíritu interno conserva  un   vago  y  obscuro   recuerdo  del  anterior estado  de bienaventuranza de que gozara y anhela instintivamente volver a él”. Incumbencia  de  la Filosofía  es  libertarle  de  la  esclavitud  de  los  sentidos,  por  medio  de   la   disciplina,  y elevarle  al  empíreo  del  puro  pensamiento, a  la  visión  de  la  verdad,  bondad  y  belleza eternas. Dice Platón  en  el  Theœtetus que “el alma   no   puede   encarnar   en   cuerpo humano, si  antes  no  ha  contemplado  la   verdad  o  sea  el  conjunto  de  todo  cuanto  el alma veía cuando habitaba en la Divinidad, con desprecio de las cosas que  decimos  que son, y la mira puesta en lo que REALMENTE ES. Por lo tanto, sólo el nous, o espíritu  del filósofo (ó  amante  de  la  suprema verdad)  está  dotado  de  alas,  porque  con  su  elevada capacidad retiene estas cosas en su mente, y al contemplarlas diviniza, por decirlo así,  a la  misma  Divinidad.  El   debido   uso   de   las  reminiscencias   de  la  vida primera  y  el perfeccionamiento en los perfectos misterios lleva al hombre a la verdadera  perfección. Entonces está iniciado en la sabiduría divina." Los  Misterios  simbolizaban  la  preexistente condición del espíritu y del  alma,  la  caída  de  ésta  en  la  vida  terrena  y  en  el  Hades,  las miserias  de  esta  vida, la  purificación del   alma  y  su  restitución a  la   divina bienaventuranza o reunión con el espíritu. Theón de Esmirna compara acertadamente la disciplina  filosófica  con  los   ritos   místicos:  A este  propósito,  dice   que   podemos considerar la filosofía como la iniciación en los verdaderos arcanos y la instrucción  en  los genuinos Misterios.  La  iniciación abarca cinco grados:  1º,  la  purificación previa;  2º,  la admisión   en   los  ritos   secretos;   3º,   la   revelación epóptica;   4º,   la  investidura   oentronización; 5º,  en  consecuencia  de  los  anteriores,  la  amistad  íntima,  comunión  con Dios y la felicidad dimanante de la comunicación con seres divinos...Platón  llama  epopteia, o visión  personal,  la   perfecta  contemplación  de  lo  aprendido intuitivamente o sean las  verdades é  ideas  absolutas.  También  considera la coronación como  símbolo  de  la  autoridad  recibida  de  los   instructores  para  conducir  a  otros  a  la misma  contemplación. El  quinto  grado  es  la  mayor  felicidad  terrena  y, según  Platón, consiste en asimilarse a la Divinidad, tanto como cabe en los seres humanos. Tal es el  platonismo.  

Dice Emerson  que “de  Platón  arranca cuanto  los  pensadores escriben y  discuten”En  él  se  resumía  la  ciencia  de  su  época:  la  de  Grecia,  de  Filolao  a Sócrates;  la  de  Pitágoras en  Italia; y la  que  derivó de   Egipto y Oriente.  Era  una nteligencia tan vasta, que toda la filosofía  europea  y  asiática  está  comprendida  en  sus doctrinas, y a su cultura y poder de contemplación añadía temperamento y  cualidades de  poeta"



fragmentos de ISIS SIN VELO
H.P.Blavatsky

domingo, 24 de diciembre de 2017

CICLOS DE ASCENSO Y DESCENSO


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Al  término  de  cada  “año máximo”,  como  llamaron  Censorino  y  Aristóteles  al  período de siete saros,  sufre  nuestro  planeta  una  total  revolución  física.  Las  zonas  glaciales  y tórrida  cambian  gradualmente  de  sitio;  las  primeras  se  mueven  poco  a  poco  hacia  el Ecuador   y   la   segunda   con   su   exuberante   vegetación   y   su  copiosa   vida   animal, reemplaza  los  helados  desiertos  polares.   Esta  alteración  de  climas  va  necesariamente acompañada  de  cataclismos,  terremotos  y  otras  perturbaciones   cósmicas.   Como quiera  que  cada  diez  milenios  y  cerca  de  un  nero,  se  altera   el   lecho   del   océano, sobreviene  un  diluvio  análogo  al  del  tiempo  de  Noé.  Los  griegos daban  a  este  año  el sobrenombre  de  heliaco,  pero  únicamente  los  iniciados  conocían  su  duración  y  demás condiciones astronómicas. Al invierno del año heliaco le llamaban cataclismo o diluvio, y al  verano  le  denominaban  ecpirosis.    

Según  tradición popular, la tierra sufría alternativamente catástrofes  plutónicas  (por  el  agua)   y  volcánicas  (por  el  fuego)  en estas  dos  estaciones  del  año  heliaco.  Así  consta  en  los  fragmentos Astronómicos de Censorino y Séneca; pero tanta  incertidumbre  hay  entre  los  comentadores  acerca  de  la duración  del  año  heliaco,  que  ninguno  se  aproxima  a  la  verdad  excepto  Herodoto  y Lino, quienes respectivamente lo computan en 10.800 y 13.984  años. En opinión  de los  sacerdotes  babilonios,  corroborada  por  Eupolemo,  la  ciudad  de  Babilonia  fué fundada por los que se salvaron del diluvio, quienes eran hombres  de gigantesca talla  y edificaron la torre llamada de Babel. Estos gigantes,  que eran expertos  astrónomos  y además  habían  recibido   enseñanzas secretas   de   sus   padres   “los   hijos   del   Dios”, instruyeron a su vez a los sacerdotes y dejaron en los  templos recuerdos  del  cataclismo que  habían  presenciado.  De  este  modo  computaron  los  sacerdotes  la  duración   de   los años  máximos.  Por  otra  parte,  según  dice  Platón  en  el  Timeo, los sacerdotes helenos reconvinieron  a  Solón  por  ignorar que aparte  del  gran diluvio de  Ogyges. habían ocurrido otros igualmente  copiosos, lo cual demuestra que en todos los países tenían los sacerdotes iniciados conocimiento del año helíaco.

Así  como  el  movimiento  de   rotación  de  la  tierra  determina  cierto  número  de  ciclos comprendidos  en  el  ciclo  mayor  del  movimiento  de  traslación,  análogamente  cabe considerar los  ciclos menores comprendidos  en  el  saros  máximo.  La  rotación  cíclica  del planeta es simultánea con las rotaciones intelectual y  espiritual, igualmente  cíclicas.  Así vemos en la  historia  de  la humanidad  un  movimiento  de  flujo  y  reflujo  semejante  a  la marea  del  progreso.  Los  imperios  políticos  y  sociales  ascienden   al  pináculo  de su grandeza y poderío para descender de acuerdo con  la  misma ley  de  su  ascensión,  hasta que llegada la sociedad humana  al  punto  ínfimo  de  su  decadencia,  se  afirma  de  nuevo para escalar  las  próximas  alturas  que  por  ley  progresiva  de  los  ciclos  son  ya   más elevadas que las que alcanzó en el cielo anterior. Las edades de oro, plata, cobre y hierro no son ficción poética. La  misma  ley rige  en  la literatura  de  los  diversos  países.  A  una   época  de  viva  inspiración  y  espontánea  labor literaria, sigue otra de crítica y  raciocinio.  La  primera  proporciona  materiales  al  espíritu analítico de la segunda. Así, todos  aquellos  caracteres que gigantescamente despuntan  en  la  historia de la humanidad,  como  Buda  y  Jesús  en  el  orden espiritual  y  Alejandro  y  Napoleón  en  el material, son reflejadas imágenes de tipos humanos que existieron miles de  años antes, reproducidos por el misterioso poder  regulador  de  los  destinos  del  mundo,  y  por  ello no hay personaje histórico eminente  sin  su  respectivo antecesor  en  las  tradiciones mitológicas  y  religiosas,  entreveradas  de  ficción  y  verdad, correspondientes  a  pasados tiempos.  Las  imágenes  de  los genios que florecieron  en  cas   antediluvianas   se reflejan  en  los  períodos  históricos,  como  en  las  serenas aguas del  lago  la  luz  de  la estrella que centellea en la insondable profundidad del firmamento. Como lo de arriba es lo de abajo. Como en el cielo, así en la tierra. Lo que fué, será.

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Siempre ha  sido  el  mundo  ingrato  con  sus  hombres  insignes.  Florencia  ha  levantado una  estatua a Galileo, y  apenas  si  se  acuerda  de  Pitágoras.  Al  primero  le  sirvieron  de segura guía las obras de Copérnico, que hubo de luchar  contra la general preocupación del sistema de Ptolomeo; pero ni Galileo ni los  astrónomos  modernos  han  descubierto la verdadera posición de los planetas, porque miles de años antes la conocían los  sabios del  Asia  central,  de  donde  trajo  Pitágoras  el  definido  conocimiento  de  esta  verdad demostrada. Dice  Porfirio  que  los  números  de  Pitágoras  son  símbolos  jeroglíficos  de que  se  valía  el  ilustre  filósofo para  explicar  las  ideas  relativas  a  la  naturaleza  de  las cosas.  De  esto  se  infiere que  para  investigar   su   origen,   hemos   de   recurrir a  la antigüedad. Así lo corrobora acertadamente Hargrave Jennings en el siguiente pasaje:“¿Sería  razonable  deducir  que  los  apenas creíbles fenómenos  físicos  llevados  a  cabo por los egipcios fueron efecto  del  error  en  una  época  de  tan  floreciente sabiduría  y  de facultades  prodigiosas  en  comparación  de  las  nuestras?  ¿Acaso   cabe  suponer  que los numerosísimos pobladores   de   las   márgenes del Nilo   laboraron  stúpidamente  en tinieblas,  que  la  magia  de  sus  hombres  eminentes  era  impostura  y  que  sólo  nosotros, los que menospreciamos su poderío, somos los sabios? ¡No por  cierto! Hay  en aquellas antiguas religiones mucho  más  de  lo  que  pudiera  suponerse,  a pesar de  las  audaces negaciones del  escepticismo  de  estos  descreídos  tiempos...Así  vemos  que   es  posible conciliar las enseñanzas paganas  con  las  clásicas,  las  de  los  gentiles  con  las  de  los hebreos  y  las  cristianas  con  las  mitológicas  en  la   común  creencia basada en la Magia, cuya posibilidad informa la moral de esta obra”, Verdaderamente  es   posible   la conciliación. Hace  treinta  años  que  los   primeros fenómenos psíquicos de Rochester llamaron  la  dormida atención de  las  gentes  hacia  la realidad  del  mundo  invisible,  y  cuando  la  menuda  lluvia  de  golpes  se  convirtió  en torrente cuya  impetuosidad  estremeció   al   mundo,  los   espiritistas   hubieron   de contender  con  dos  adversarios:  la  teología  y  la  ciencia. Pero  los  teósofos   han   de combatir con todas  las  preocupaciones  del  mundo,  y  más  acerbamente  todavía  con  la de los espiritistas. Por  una  parte,  los  teólogos  cristianos  anatematizan  a   quien  no  cree  en  la  existencia del Dios Personal y del diablo también personal,  mientras  que  para  los  materialistas  no hay  más  Dios  que  la  substancia  gris del  cerebro,  y  tienen por  tres  veces  idiotas  a cuantos creen  en  el  diablo.  Entretanto,  los  ocultistas  y  filósofos  merecedores  de  este nombre  perseveran  en  su  labor  sin hacer  caso  de  unos  ni  de  otros.  Ninguno  de  ellos tiene  de  Dios  el  absurdo, pasional  y  veleidoso  concepto  que  la  superstición  forjara, pero  todos  distinguen  entre  el  bien  y  el  mal. La  razón  humana,  emanada  de  nuestra finita mente, no  alcanza  a  comprender  la  infinita  inteligencia  de  la  ilimitada  entidad divina, y  como  lógicamente  no  puede existir  para   nosotros  lo  que  cae   más   allá   de nuestro entendimiento,  de  aquí  que   la  razón  finita  coincida  con  la  ciencia  en  negar  a Dios. Pero por otra parte, el Ego que  piensa,  siente  y  quiere  independientemente  de  la envoltura mortal en que alienta, no sólo cree, sino además sabe que existe Dios, la vida de nuestras vidas en Quien todos  vivimos  y  El  vive  en  nosotros Ni  la  fe  dogmática  es capaz   de  robustecer   este   convencimiento,   ni   las   demostraciones  físicas  logran quebrantarlo una vez nacido en la recatada intimidad de la conciencia. La  naturaleza  humana  tiene  el  mismo  horror  al  vacío  que  los  experimentadores  del Renacimiento supusieron en la naturaleza física. La humanidad advierte instintivamente la  presencia  del  Poder supremo, porque  sin Dios  poseería  el  universo  un  cuerpo   sin alma.  Como   quiera  que  las  multitudes  desconocían  el  único  camino  donde  hubieran podido hallar  las  huellas  de  Dios,  llenaron  el  desolador  vacío  con  el  personal  Dios plasmado de propósito por la teología con  materiales  exotéricamente  entresacados  de mitos y filosofías  paganas.  ¿Cómo, sino,  se  hubieran  derivado  tantas  sectas, de las cuales llegaron algunas  al  último  extremo del absurdo?  El género  humano anhela satisfacer sus necesidades espirituales con  una  religión que pueda    relevar ventajosamente a la dogmática é indemostrable teología cristiana, y le dé pruebas de  la inmortalidad  del  alma.  A  este  propósito  dice  Sir  Thomas  Browne: “El más  ponzoñoso dardo con que el escepticismo puede atravesar el corazón del hombre es decirle  que  no hay  otra  vida  más  allá  de  la  presente  ni  otro  estado,  con posibilidades  de  ulterior progreso, que perfeccione su actual naturaleza.” La religión que probara científicamente la  inmortalidad  del  alma  pondría  a  las  dominantes  en  la  alternativa  de  reformar  sus dogmas  en  este  sentido,  o  de  perder  la  adhesión  de  sus  prosélitos.  Muchos  teólogos cristianos  se  han   visto   en   la   precisión   de  reconocer   que   no   hay   ninguna prueba auténtica de  la  vida  futura;  y  sin embargo,  ¿cómo  se  explica  la  continuidad  de  esta creencia  a  través  de  los  siglos  y  en  todos  los  países  civilizados  o   salvajes,  sin pruebas que  la  demostraran?  ¿Acaso  la  universalidad  de   esta  creencia,  no  es  ya  por  sí  mismauna  prueba  de  que   tanto  el  eminente pensador  como  el  inculto  salvaje  se  han  visto impulsados  a  reconocer  el  testimonio  de  sus  sentidos?  Si  los  fenómenos espectrales pudieron ser, en algunos casos  aislados,  ilusiones  derivadas  de  causas  físicas,  ¿es  justo achacar a mentes enfermizas los innumerables casos en que,  no  ya  una  sola,  sino  varias personas a la vez, vieron y hablaron a los aparecidos? Los  más  eminentes pensadores  de  Grecia  y  Roma  no  dudaron  de  la  realidad  de  las apariciones que clasificaban en manes, ánima y  umbra.  Los manes descendían  al  mundo inferior;  el  ánima  o  espíritu  puro,  subía  a  los  cielos;  y  el  umbra vagaba alrededor  del sepulcro, atraído por su afinidad con el cuerpo físico. Así dice Ovidio  al  tratar  de la  trina  naturaleza  del  alma  humana. Sin embargo, todas estas definiciones han  de someterse  al  escrupuloso  análisis  de  la  filosofía,  porque,  por desgracia, muchos   eruditos   olvidan   que   la   modificación   de  los    idiomas  y  la terminología simbólica empleada por  los  antiguos  místicos  han  inducido  a error  a  gran número  de  traductores é intérpretes que leyeron  literalmente  las  frases de los alquimistas medioevales,  del mismo modo  que los  modernos  eruditos  no  advierten  el simbolismo de Platón. Algún día lo comprenderán debidamente y echarán de  ver  que  la filosofía antigua, como también la moderna, se valió del método de extrema  necesidad, y que desde los orígenes de la especie humana estuvo la  verdad  bajo  la  salvaguarda  de los adeptos del  santuario. Entonces  se  convencerán  de  que  tan  sólo  eran aparentes  las diferencias  de  credos  y  ceremonias,  pues  los  depositarios  de  la  primitiva  revelación divina;  que  habían  resuelto  cuantos  problemas  caen bajo  el  dominio  de   la  mente humana, formaban  una  comunidad  universal,  científica  y  religiosa,  que  en  continua cadena  circuía  el  globo.  A  la  filosofía  y  a  la  psicología  les  toca  buscar  los  eslabones extremos, y luego de hallados,  siquiera   uno   solo,   seguir escrupulosamente  el encadenamiento que nos eleve a desentrañar el misterio de las antiguas religiones.

Ya   no   es   necesario   insistir   en   este   punto,   porque   ni   valor   ni esperanza han de faltarnos, aunque la mayoría  de  los  eruditos  contemporáneos  opinen que  sólo  ha  habido  en  el  mundo  una  época  de  florecimiento intelectual,  a  cuyos albores pertenecen los filósofos antiguos y en cuyo cenit brillan los modernos, y aun que los científicos del  día  pretendan  invalidar  el  testimonio  de  los  pensadores  de  otro tiempo,  como  si  la  humanidad  hubiera  empezado  a  existir  el  primer  año  de  la  era cristiana y todo cuanto sabemos fuese  de época reciente.  El  momento  es  más  propicio que nunca para  la  restauración  de  la  filosofía  antigua,  pues  arqueólogos,  fisiólogos, astrónomos, químicos y naturalistas se acercan al punto en que hayan  de recurrir  a  ella. Las ciencias físicas tocan  ya  los  límites  de  la  investigación,  y   la  teología  dogmática  ve agotadas las fuentes de que en otro tiempo  bebiera.  Si  no mienten las  señas,  se  acerca el día  en  que  el  mundo  tenga  pruebas  de  que  únicamente  las  religiones antiguas estuvieron  en  armonía  con  la  naturaleza,  y  de  que  la  ciencia  de  los  antiguos  abarcaba todo conocimiento asequible  a  la  mente  humana.  Se  revelarán secretos durante largo tiempo  velados;  volverán  a  ver  la  luz  del  día  olvidados  libros  de   épocas   remotas   y perdidas  artes  de  tiempos  pretéritos;  los  pergaminos  y  papiros  arrancados  de  las tumbas egipcias  andarán  en  manos  de  intérpretes  que  los  descifren, junto con   las inscripciones  de  columnas  y  planchas   cuyo  significado   aterrorice   a   los   teólogos   y confunda a los sabios. ¿Quién conoce las posibilidades del porvenir? Pronto  ha  de  empezar,  o  mejor  dicho,  ha  empezado   ya  la  era  restauradora.  El  ciclo está por terminar su carrera, y vamos a entrar en  el  siguiente.  Las  páginas  de  la  historia futura contendrán pruebas evidentes de que si en algo hemos de creer a los  antiguos  es en que   los   espíritus   descendieron  de   lo   alto   para   conversar   con   los   hombres   y enseñarles los secretos del mundo oculto."
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fragmento de ISIS SIN VELO 
H.P. BLAVATSKY