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LA CIVILIZACIÓN COMO ESCUELA...

" La civilización es la escuela en donde el alma aprende las lecciones que le enseña el Logos. Cuando el alma entra en el pr...

jueves, 30 de marzo de 2017

¿Es imparable el efecto invernadero?

Inquietante: 1988 fue el más caluroso de los últimos cien años.
El fenómeno de un progresivo calentamiento de la atmósfera está sembrando inquietud entre los científicos y un principio de pánico entre aquellos que están siempre preparados para anunciar el fin del mundo, con el peligro de una psicosis colectiva que venga a entristecer aún más nuestra angustiada civilización.
Nueva Acrópolis - Cambio climático
Esquema del balance anual de energía de la Tierra desarrollado por Trenberth, Fasullo y Kiehl de la NCAR en 2008.
La Oficina de Estadísticas de la Comunidad Económica Europea nos hace saber que 1988, 1987, 1983, 1981, 1980 y 1986, en este orden de prioridades, fueron los años más cálidos de todo el siglo XX. En detalle, se indica que los valores más altos de la última década se dieron en el hemisferio sur. Los datos señalan que mientras el aumento en el hemisferio norte, en los últimos cien años, no llegó a 1ºC, en el sur alcanzó a 3º.
Destacamos que estas cifras no deben tomarse al pie de la letra, pues en buena parte son estimativas al no haber existido preocupación, en la primera mitad del siglo, por este calentamiento, y al no haber, hasta hace pocos años, varias estaciones fiables comparativas en el hemisferio sur.
Aunque no registramos un acuerdo total entre los especialistas, por la complejidad teórica de las causas posibles del fenómeno, predomina la opinión generalizada –y muy probable– de que la otrora tan laudada “sociedad de consumo”, con el auge de industrias, aerosoles, desertización, aumento demográfico y aeronaves que vuelan a gran altura, sea la responsable de un futuro desastre a nivel mundial.
El oxígeno y el nitrógeno conforman el 99% de la atmósfera y tienen muy poco efecto sobre la temperatura global media, que sería de unos –18ºC si no existiese agua líquida. El 1% restante lo componen el dióxido de carbono, el óxido nitroso, el ozono y el metano: permiten el paso de la energía solar a la superficie del planeta, pero retienen el calor que asciende de la corteza terrestre, generando el “efecto invernadero”, que eleva la temperatura media a unos 15ºC –unos 33º más que si no existiesen–, teniendo en cuenta que la mayor parte del planeta está cubierta por un “espejo” de agua, la mayor parte en estado líquido.
Pero el Hombre ha modificado este balance natural.
Según la Convención Mundial sobre Cambios Climatológicos de 1988, realizada en Toronto, Canadá, se registró, desde 1960, un aumento del 25% del dióxido de carbono. Además, se están incorporando a la atmósfera sustancias como los clorofluorocarbonos, que son diez mil veces más eficaces como generadores del “efecto invernadero” que el dióxido de carbono.
Según el último estudio de la Organización Meteorológica Mundial, si esto sigue así, la temperatura media global ascendería 4,5º para el año 2015, y en el 2075 estas cifras serían duplicadas.
Estas perspectivas son francamente tétricas, pues solo dentro de medio siglo podrían derretirse ambos casquetes polares, lo que haría aumentar el nivel de las aguas en más de 20 metros, lo que significaría la ruina de grandes ciudades como New York, Génova, Buenos Aires, Río de Janeiro, Nápoles, Barcelona, Lisboa, Madrás, Marsella, Valencia, Miami, etc. El ecosistema sufriría una desestabilización imprevisible, no solo por acción directa de las aguas, sino por la salinización de terrados, cambios en las mareas y posibles fluctuaciones del eje de la Tierra. Un verdadero cataclismo.
En La Haya y en Londres han detectado la realidad del adelgazamiento de la capa protectora de ozono según mediciones hechas sobre cien naciones. En el hemisferio norte, en latitudes medias, la capa disminuye en un 4% en los meses de invierno y en un 1% durante el verano. Asimismo se detectó un agujero no permanente y esporádico sobre el Polo Norte. En el sur la situación es mucho más grave: sobre la Antártida, en 1987 el espesor del “escudo de ozono” disminuyó al 50% aunque se repuso parcialmente con posterioridad, según las observaciones actuales. Y aparece, anualmente, un enorme agujero en la capa de ozono.
Según distintas autoridades médicas, el aumento de las radiaciones está causando incrementos en el cáncer de piel y en “cataratas” oculares. Además, estaría descendiendo la capacidad inmunológica de todos los seres vivos, como lo demostraría el llamado “SIDA-2”, recientemente descubierto.
La atmósfera, asimismo, sufrirá cambios al quedar muchas zonas hoy fértiles anegadas o calcinadas por el sol. Esto, unido al crecimiento demográfico desmedido en los países del “tercer mundo” provocaría, especialmente en ellos, hambrunas terribles y carencias generales de elementos vitales. Tales marcos encuadrarían cambios psicológicos importantes, con inclinación a la violencia y a todo tipo de fanatismos religiosos, con persecuciones e “inquisiciones”, pues se buscaría el “chivo expiatorio” de tales desastres, como ya sucedió durante la Edad Media y el Renacimiento, cuando las pestes azotaban Europa.
Últimamente se suma una nueva teoría para explicar las causas del fenómeno. Y es que el Sol sería una “estrella pulsante”, según se deduce de los registros del satélite artificial “Misión Máximo-Solar”, que orbita alrededor de la Tierra desde 1980. Esto confirmaría las antiguas tradiciones esotéricas de que el Sol es como un corazón que late constantemente. Es evidente que si ello es así, habría periodos de la Historia en que el Sol enviaría más o menos energía a la Tierra, y que de un periodo expansivo podrían provenir buena parte de las alteraciones del “escudo” protector de nuestro planeta. Pero ello no basta para justificar las degeneraciones que sufre nuestro medio ambiente y de las cuales el Hombre es el responsable… y la víctima.

¿Es imparable el “efecto invernadero”?

Evidentemente, no. La Naturaleza ha previsto todas las ocasiones en que sean alteradas sus funciones y para ello tiene remedios.
Aun cuando la Humanidad siguiera con su actual locura antiecológica, la sola subida de la superficie general de las aguas reduciría, de manera directa o indirecta, a través de plagas y de pestes, la masa humana que hoy hormiguea concentrada hasta la exasperación en algunos puntos, justamente cercanos al mar. Esto reduciría la emisión de gases tóxicos y además, al ampliarse el espejo de las aguas en no menos de un 20%, estas servirían como refrigerantes, y al formarse enormes y muy densas masas de nubes, impedirían el paso de los rayos solares, logrando en conjunto que bajase la temperatura media, hasta formarse otra vez los casquetes polares por la congelación de las aguas, con lo que estas bajarían al nivel actual o más.
Este “mecanismo de seguridad” fue tal vez empleado ya en otras oportunidades prehistóricas que dieron origen a las tradiciones sobre diluvios, extinción de especies y mutación de otras; desaparición de civilizaciones y aparición de sucesivas “edades de piedra”.
Existen muchas otras posibilidades, si bien para el caso de un trabajo periodístico nos recostamos en los extremos, y uno de estos es el más optimista, aunque quizás, el más trabajoso e improbable.
Consiste en una modificación profunda y a muy corto plazo de nuestras creencias, mitos y hábitos de vida. Podemos resumir:
  1. Dios es un misterio y nadie, ni libro ni persona, tiene realmente el secreto de lo que deparó Él para nosotros: ignoramos nuestro destino. De tal forma, pretender deshumanizarnos en base a simples opiniones de mortales que se autoproclaman “representantes de Dios”, al enseñarnos cómo debemos comer, dormir y reproducirnos, está de más en estas circunstancias. Es más lógico regirnos por las cifras constatadas y apresurarnos a reducir la población del globo. La mística es propia del Hombre y es lo que le diferencia realmente de los animales: pero “mística” poco tiene que ver con “confesiones”, “Testamentos”, etc.
  2. Los mitos no se han dado solamente en la Antigüedad: en el siglo XX tenemos otros, varios y numerosos. Hay que lograr el discernimiento que tuvo Gandhi, que llamaba a los médicos occidentales “magos negros”, pero que al sentirse enfermo de apendicitis dejó de lado sus posturas propagandísticas y se hizo operar quirúrgicamente, salvando su vida. Hoy necesitamos una política ágil regida por especialistas y no por el voto de los ignorantes, superando toda forma de burocracia y archivando muchos “derechos del Hombre” para reemplazarlos por los “deberes del Hombre” y aplicarlos a rajatabla. El vertido de venenos industriales, incendios de bosques, contaminación de mares, ríos, campos y aires, deben ser severamente penalizados.
  3. Los hábitos de vida deben cambiar, y con ello nuestros medios de transporte, calefacción, refrigeración y demás contaminantes que destruyen los “escudos” protectores de ozono, etc. Hay que regresar a un punto de partida correcto, sin vanidades, que nos permita el resurgimiento de una sociedad tradicional en donde el Hombre y su entorno se armonicen, aboliendo, desde luego, la llamada “sociedad de consumo”, que nos obliga a fabricar constantemente objetos y servicios que, voluntariamente, se construyen efímeros, y que promueven una loca huida hacia adelante. Rehacer en la conciencia colectiva el sentido de la duración, dejando de vivir el hoy sin importarnos las generaciones futuras.
El futuro dirá qué le espera a la Humanidad, pero es obvio que el horizonte está cargado de amenazadores nubarrones y que muchas cosas tendrán que cambiar para que el Hombre y las demás criaturas terrestres puedan sobrevivir y regenerar esta etapa de suciedad y polución en la que nos ha tocado vivir.
Jorge Ángel Livraga Rizzi.
 Madrid, Junio de 1989

Recogido de:
https://biblioteca.acropolis.org/es-imparable-el-efecto-invernadero/

viernes, 17 de marzo de 2017

Sobre la inmortalidad del Alma

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Esta doctrina de la Mente Universal, difundida en todas las cosas, constituye la base de todas las antiguas filosofías. 

Reconoce Platón que al aparecer el hombre en este mundo de la materia, es juguete del elemento de Necesidad -que es Karma bajo otro nombre- . El hombre está influido por causas externas y esas causas son daimonia, como el de Sócrates. Feliz es el hombre físicamente puro, porque si su alma externa (el cuerpo astral, la imagen del cuerpo) es pura, vigorizará a la segunda alma (el Manas inferior), o la que aquél denomina el alma mortal superior, que aunque expuesta a errar por sus propios motivos, siempre estará de parte de la razón contra las propensiones animales del cuerpo. En otras palabras, el rayo de nuestro Ego Superior -el Manas inferior- posee la luz de aquel -la razón o los poderes racionales del Nous- para ayudarse en la lucha contra los deseos kármicos. Los apetitos carnales del hombre nacen a consecuencia de su cuerpo material perecedero: así sucede con otras enfermedades -dice Platón- mas, aunque considera los crímenes como involuntarios algunas veces, por ser resultado, como las enfermedades corporales, de causas externas, establece claramente una diferencia muy marcada entre esas causas, El fatalismo kármico que concede a la Humanidad no excluye la posibilidad de evitar aquéllos; pues aun cuando el sufrimiento, el terror, la cólera y otros sentimientos tocan en suerte a los hombres, efecto de la necesidad... si los dominasen, vivirían rectamente, y si fuesen por ellos dominados, vivirían malamente.

El hombre dual  -es decir, aquel que el Espíritu divino inmortal ha abandonado, dejando tan sólo la forma animal y la sideral, el alma mortal superior de Platón- queda entregado únicamente a sus instintos, porque ha sido dominado por todos los males arraigados en la materia; por lo tanto, se convierte en dócil instrumento en mano de los invisibles seres de materia sublimada, que vagan por nuestra atmósfera y que están siempre dispuestos a inspirar a los que se hallan completamente privados de su consejero inmortal, el Espíritu divino que Platón llama genio. Según este gran Filósofo e Iniciado: "El que vivió bien el tiempo señalado, volverá a la morada de su estrella y tendrá allí una existencia feliz..."

Estas son las enseñanzas de la Doctrina Secreta, de la Filosofía Oculta. Enseñábase antiguamente la posibilidad de que el hombre perdiese su Ego Superior, efecto de su depravación, y esto mismo se sigue enseñando todavía en los centros del Ocultismo oriental. 
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No hubo filósofo alguno notable que no aceptase esta doctrina de la metempsicosis, según la enseñaban los brahmanes, los budistas y más tarde los pitagóricos en su sentido esotérico, expresándose de un modo más o menos inteligible. Orígenes y Clemente de Alejandría, Sinesio y Calcidio, creyeron en ella; y los gnósticos, a quienes la historia no vacila en considerar como hombres en extremo refinados, sabios y de grandes luces, creían también en la metempsicosis. Sócrates participaba de opiniones idénticas a las de Pitágoras, y como castigo de su filosofía divina, sufrió una muerte violenta. Las turbas han sido lo mismo en todas las épocas. Aquellos sabios enseñaban que los hombres tienen dos almas de naturaleza completamente distinta. una de ellas, perecedera, el alma astral o el cuerpo interno, fluídico, que no debe confundirse con el cuerpo astral o doble; la otra, incorruptible e inmortal -el Augoeides, o parte del Espíritu divino- Atma-Budhi; y que el alma mortal o astral perece a cada cambio gradual, al ingreso en cada nueva esfera, purificándose más y más en cada transmigración. El hombre astral intangible e invisible para nuestros sentidos mortales terrestres está, sin embargo, constituido de materia, si bien ésta es sublimada.

Las dos almas son el doble Manas: el alma astral inferior, personal, y el Ego Superior. La primera es el rayo de la última que cae dentro de la materia, es decir que anima al hombre y hace de él un ser pensante, racional en este plano, y que después de haber asimilado los elementos más espirituales de éste con la esencia divina del Ego que se reencarna, perece en su forma personal y material, como Kama-Rupa, en cada cambio gradual, al entrar de nuevo en Devachan para proceder luego a una nueva reencarnación. Perece, porque se desvanece del todo con el tiempo -salvo su imagen impalpable y pasajera en las ondas astrales- fundida por ley potente que siempre cambia, pero que jamás muere; mientras que el Alma Espiritual incorruptible e inmortal que llamamos Budhi-Manas y el Yo individual, se purifica en cada nueva encarnación. Todo lo que puede salvar del alma personal lo lleva al Devachán para darle el galardón de siglos de paz y bienaventuranza.

No concede la Doctrina Secreta la inmortalidad a todos los hombres por igual. Declara con Porfirio que sólo: "por medio de la pureza y castidad más grandes nos acercaremos a nuestro Dios y obtendremos, por su contemplación, el Verdadero Conocimiento y la Intuición"

Si el alma humana ha dejado, durante el transcurso de su vida, de recibir la luz de su Espíritu Divino, nuestro Dios personal, entonces es difícil que el hombre grosero y sensual sobreviva por largo espacio a su muerte física. Así como no puede vivir mucho tiempo después de su nacimiento físico el monstruo, tampoco puede el alma existir después de su nacimiento en el mundo espiritual cuando se ha hecho demasiado material. Tan débil es la viabilidad de la forma astral que no puede haber cohesión firme entre sus partículas, una vez que ha abandonado la envoltura consistente del cuerpo externo. Obedeciendo gradualmente sus partículas a la atracción desorganizada del espacio universal, se esparcen al fin, siendo imposible una nueva agregación de las mismas. Cuando una catástrofe semejante ocurre, el individuo personal deja de existir; su glorioso Augoeides, el Yo inmortal, se ha separado de aquél para penetrar en el Devachan, donde no puede seguirle el Kama-Rupa. Durante el período intermediario entre la muerte corporal y la desintegración de la forma astral, esta última, ligada por atracción magnética a su repugnante cadáver, vaga en su proximidad, y absorbe la vitalidad a víctimas suceptibles.

Habiendo rechazado el hombre de sí todo lazo de luz divina, queda sumido en las tinieblas y, por tanto, se pega a la tierra y a lo terrenal.

Ningún alma astral, ni aun la de un hombre puro, bueno y virtuoso, es inmortal en el sentido más estricto; "fue formada de los elementos, y a los elementos ha de volver". Sólo que, mientras se desvanece el alma del depravado, y es absorbida sin remedio - esto es, que el muerto nada deja impreso de sí mismo en el Ego-Espíritu-, la de cualquier otra persona, aun moderadamente pura, cambia simplemente sus partículas etéreas por otras todavía más etéreas. Mientras quede en él una chispa de lo divino, el Ego personal no puede morir enteramente, puesto que sus pensamientos y sus aspiraciones más espirituales, sus "buenas acciones", la eflorescencia de su yo, se han fundido con su Padre Inmortal. Proclo dice:  "Después de la muerte, el Alma (el Espíritu) sigue vagando en el cuerpo aéreo (forma astral) hasta quedar enteramente purificado de todas las pasiones iracundas y voluptuosas... entonces abandona por medio de una segunda muerte al cuerpo áereo como lo hizo respecto al terrestre. Por lo cual, dicen los antiguos que existe un cuerpo celeste siempre unido al alma, que es inmortal, luminoso y semejante a una estrella"

No pudiendo considerarse este Venir a Ser como existente sino sólo como Algo que tiende sin cesar, en su progreso cíclico, hacia la Existencia Una Absoluta, a existir en lo Bueno y unido a lo Absoluto.

Del hombre depende el abrir o cerrar sus percepciones a la Voz divina.

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fragmento de: Helena P. Blavatsky

martes, 14 de marzo de 2017

Hacia un nuevo Rapto de Europa



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Una impresionante maquinaria de presión, basada en medios masivos y selectivos de comunicación, acción sindical y financiación económica, conforme al aparato logístico.

Nada es espontáneo, todo está dirigido y coordinado entre sí.

Sindicatos, Iglesias, grupos artísticos, universidades, delincuentes comunes, traficantes de drogas, sectas hippies, son algunos de los elementos de apoyo civil de esa inmensa concentración bélica y sus más o menos inconscientes informantes.

...Desconfió de su propia fuerza moral, de sus tradiciones, de su futuro histórico, en beneficio de un presente sangriento y de un futuro utópico.



Europa, otra vez, como en el Mito griego, se ha dormido sobre la hierba de sus jardines, embelesada por los aromas de su refinamiento. Y de nuevo, una forma bestial amenaza raptarla, para violarla y dejarla preñada de seres misteriosos. Europa debe unirse, debe despertar. Clamemos en su oído" 


Jorge Angel Livraga -1976-fragmentos "Hacia un nuevo Rapto de Europa


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"Se pensó que, sin colonias, Europa se sumergiría en la miseria. Quienes eso afirmaron olvidaron que antes de tener colonias, Europa surgió expansiva basada en su propia fortaleza, la misma fortaleza que hoy inspira su renacimiento.

La caída de Europa es más aparente que real. Si los europeos lo concienciasen así darían un importante paso adelante. El complejo de inferioridad y de derrota quedaría superado.

Importantes zonas de Africa y Asia lograron su independencia entre el batir de palmas de todos los que ven a Europa como el viejo opresor. Pero la práctica enseña que, salvo excepciones, esas zonas no ganaron nada con su tan cantada "independencia". Epidemias, antropofagia, genocidios, mercado de esclavos, se han  reabierto, y los hospitales, escuelas y fábricas abiertos por el impulso civilizador europeo son utilizados hoy como simples depósitos de chatarra de guerra, como cárceles... 



Pero el peligro no ha pasado. De nuevo se tratará de separar a las potencias europeas y de provocar las guerras intestinas que la vuelvan a destruir. En un mundo de paz y libertad, no hay conjunto humano sobre el globo que pueda competir con el europeo. Veinticinco años más de paz, tal vez menos, y Europa tendrá otra vez el liderazgo absoluto del mundo occidental. Es que las guerras destruyeron las riquezas materiales de Europa, pero no su Honor, y de ese Honor, de esa potencia ancestral, se levanta hoy otra vez la Luz Clásica, el Fuego forjador, para felicidad de todos los hombres de un mundo que no sólo debe ser nuevo, sino mejor.



fragmento "El Gran futuro de Europa" Jorge A. Livraga- 1976