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miércoles, 30 de julio de 2014

LIBERACION Y PROGRESO- Helena P. Blavatsky



Se ha dicho que el primer paso que debe dar un estudiante (de Filosofía Práctica) es renunciar a las “vanidades del mundo”.

Esto no significa, necesariamente, que deba romper sus lazos familiares, desatender sus medios de subsistencia, evitar la sociedad de los demás, convertirse en un misántropo y retirarse a una cueva en la selva para entretenerse allí con las morbosas fantasías de su imaginación y estar de continuo codiciando internamente los mismos objetos a los que ha pretendido renunciar y abandonar externamente.

El aspirante puede vivir en el mundo y, sin embargo, no ha de ser del mundo. Su cuerpo y su mente pueden estar más o menos ocupados en los asuntos de la vida cotidiana y él puede, al mismo tiempo, estar ejercitando sus facultades espirituales. Puede estar personalmente en el mundo y, no obstante, remontarse espiritualmente por encima de él.

Todo ser humano posee, además de su cuerpo físico, dos juegos de facultades: intelectuales y espirituales. Los poderes de estas facultades están correlacionados y entretejidos. Si se usan solamente los poderes intelectuales en el plano físico para fines materiales, uno se vuelve más egoísta y materialista; está concentrando sus poderes en un pequeño foco que representa su “personalidad” y, cuanto más los concentra, más reducido será ese foco. Como consecuencia, esa persona se volverá mezquina y egoísta y perderá la visión de la Unidad, de la cual será apenas una parte infinitesimal e insignificante.

Por otra parte, si intenta enviar prematuramente su espíritu a las regiones de lo desconocido, sin haber desarrollado y ensanchado suficientemente su intelecto para que actúe como una base firme sobre la cual apoyar su espiritualidad, vagará como una sombra a través de los campos de lo infinito. Quizás contemple cosas espirituales, pero no será capaz de entenderlas. Se convertirá en una persona nada práctica, en un fanático supersticioso y en un soñador.

El crecimiento demasiado rápido en una sola dirección, con exclusión del crecimiento correspondiente en la otra, va en detrimento del verdadero progreso. Por tanto es necesario discernir adecuadamente los poderes, tanto intelectuales como espirituales, y desarrollarlos en la correcta proporción.


“Renunciar al mundo” no significa mirar con desdén los adelantos de la ciencia, ignorar las matemáticas o la filosofía, dejar de interesarse por el progreso humano, evitar los deberes correspondientes a la esfera en que hemos nacido, o descuidar nuestro ambiente. “Renunciar al mundo” es renunciar al egoísmo, a la egolatría, a lo que Edwin Arnold, en su libro “La Luz de Asia”, llama “el pecado del yo”: “El pecado del yo es el de aquel que ve su preciado rostro reflejado en el universo como en un espejo y exclama: ¡Que el mundo entero se exalte y que todo perezca, para que sólo yo sea eterno!”.

La renuncia al egoísmo va necesariamente acompañada del crecimiento espiritual. Por tanto, uno de los primeros deberes que tiene que cumplir el estudiante de Filosofía  Práctica es despojar su mente de la idea de un yo personal, empezar a darle menos importancia a las cosas y a los sentimientos personales. Debe olvidarse de sí mismo. No debe ver su existencia como la de una entidad permanente que ni cambia ni puede cambiar, solitaria en medio de otras entidades también aisladas y que vive separada de ellas por una concha impermeable. Él mismo debe considerarse como una parte integral de un poder infinito que abarca el universo y cuyas fuerzas están concentradas en el cuerpo que él está habitando temporalmente. En ese cuerpo confluyen continuamente, y también de él irradian incesantemente, los rayos de la esfera infinita de Luz, cuya circunferencia no está en ninguna parte y cuyo centro está por doquier.


(…) Si el modo de ver al hombre en sus tres aspectos –físico, intelectual y espiritual– es correcto, entonces vemos que la existencia y la actividad del ser humano no están en absoluto limitadas a los confines de su cuerpo material, sino que deben extenderse a través de todo el espacio. Al terminar su evolución cíclica, el hombre iluminará todo el espacio, tal como ahora él es iluminado por los rayos espirituales del universo, hasta una extensión proporcional a su capacidad para atraer y recibir esa Luz.

El hombre es un centro de fuerzas en el cual convergen los rayos del universo. En ese centro comienza la labor de la ilusión, y a ese centro queda confinada. Los efectos se toman equivocadamente por las causas y las apariencias se toman por realidades. La mente se goza en deleites que son provocados por ciertas causas que producen alucinaciones, y alimentan deseos por cosas para las cuales no existe necesidad real. Tal como los rayos solares son reflejados desde la pulida superficie de un insignificante pedrusco, o desde la concha de una ostra, produciendo los múltiples tintes del arco iris que danzan y brillan en diversas tonalidades mientras están expuestos al sol, de la misma manera los rayos procedentes del mundo objetivo fluyen a través de nuestros sentidos, reflejan sus imágenes sobre el espejo de nuestra mente creando en ella fantasías y quimeras, ilusiones y deseos, y llenando la mente con los productos de su propia imaginación.



El primer deber de un verdadero filósofo es discernir entre lo que es real y lo que es irreal; distinguir entre lo verdadero y lo falso por medio de la Luz divina del espíritu. Así, cumpliendo este deber, descubrirá que el amor a sí mismo es ilusorio; que no existe un yo real y permanente, ni existencia individual alguna excepto aquella que abarca en sí a toda la humanidad, y cuando el filósofo entienda plenamente esta idea de la Unidad y esté dispuesto a dejar que muera y desaparezca su “personalidad”, entonces la Luz eterna de la conciencia espiritual habrá empezado a alborear en él y habrá comenzado su inmortalidad como forma integral e individual del espíritu universal.


(…) El espíritu es el mismo en el arco descendente que en el ascendente y es siempre el mismo en cada “individuo”. Pero al ir ascendiendo, cada rayo suyo queda dotado con un tono diferente que le imparte la “personalidad” de cada “individuo” con las partes superiores del quinto principio, Manas. Cuanto más intelecto se haya desarrollado, más intelecto habrá para acompañar al espíritu en su vuelo ascendente, y para impartirle un tono o carácter más distintivo. Pero si el desenvolvimiento del intelecto se ha retardado, o bien si el intelecto que se ha desarrollado se ha aplicado a propósitos materiales o “personales”, menos intelecto habrá para combinarlo con el rayo espiritual, y el espíritu puro seguirá proporcionalmente carente de Inteligencia y desprovisto de poder activo. Entonces se verá compelido a volver a la tierra para atraer hacia él una nueva combinación de Manas, pues no debe regresar a su estado original.

Cuanto más se desarrolla y se expande el intelecto, más queda establecido sobre una base firme el estado espiritual, la conciencia espiritual, hasta que el espíritu, investido con los atributos divinos de Sabiduría y Amor, penetra en el océano infinito del universo y abarca en su potencialidad el Todo.



Comienza entonces a manifestarse un cambio muy importante en la mente del aspirante que ha alcanzado este grado de desarrollo. Ese cambio consiste en que ve su propia “personalidad” como de poca importancia. Pero no es sólo su propia “personalidad” la que ahora aparece ante él bajo esa luz sino también cualquier otra “personalidad”. A todas las ve proporcionalmente insignificantes y pequeñas. El hombre le parece tan sólo como la “centralización” de una idea. La humanidad en general le parece como los granos de arena en las playas del océano infinito. Fortuna, amor, lujo, etc. asumen en su concepto la poca importancia de pompas de jabón, y no vacilan en renunciar a todas ellas como juguetes infantiles.

Pero a semejante renunciación no se la puede llamar sacrificio, pues los niños y las niñas no “sacrifican” sus caballos de cartón y sus muñecas sino que, simplemente, ya no los quieren más. Ellos buscan algo más útil, en proporción a la expansión de su mente. Y a medida que el espíritu del hombre se expande, las cosas a su alrededor, e incluso el planeta en que vive, le parecen pequeñas, como un paisaje en lontananza que se contempla desde una elevada cima. Al mismo tiempo, su concepción del infinito que le rodea se hace más grandiosa y asume una forma gigantesca.

El sentimiento producido por semejante expansión de la mente es verdadera contemplación, y en un grado potencializado se llama “éxtasis”. Esta expansión de nuestra conciencia “nos desliga de nuestro país y de nuestro hogar”, haciéndonos ciudadanos del universo; nos eleva desde los estrechos confines de lo que nos parecía real, al campo ilimitado de lo Ideal. Y liberando al hombre de la cárcel de arcilla mortal, lo conduce al sublime esplendor de la Vida Eterna y Universal.

Pero “el espejo del alma no puede reflejar, simultáneamente, la tierra y el cielo; mientras la una se desvanece de la superficie, el otro se refleja en sus profundidades”. ¿Cómo puede lograrse esta gran renunciación al yo y esta expansión del espíritu?

Hay una palabra mágica que es la clave de todos los misterios, que abre los lugares donde están ocultos los tesoros espirituales, intelectuales y materiales, y con la cual obtenemos poderío sobre lo visible y lo invisible. Esa palabra es DETERMINACIÓN. Si deseamos cumplir un gran objetivo debemos aprender a concentrar en él todos nuestros deseos.


Sea cual fuere el objetivo, bueno o malo, el efecto, es proporcional a la causa que lo genera.


El poder de la voluntad es infinito, pero sólo puede ponerse en acción por una determinación firme y resuelta y con fijeza de propósito. Una voluntad vacilante no consigue nada. Aquel a quien le tiembla el corazón con temor abyecto para abandonar sus viejos hábitos e inclinaciones, aquel que tiene miedo a luchar contra sus pasiones y dominarlas, aquel que es esclavo de su yo personal y se aferra con cobarde ansiedad a los hechizos de la vida, no puede lograr nada.

No son los vicios los que se adhieren al hombre, sino el hombre el que se aferra a ellos y teme soltarlos, ya sea porque sobreestima el valor y utilidad que tienen, o quizás porque se imagina que al soltarse de ellos su yo ilusorio puede ser precipitado a la infinita nada y hacerse añicos contra las rocas que en su fantasía ve abajo. Sólo aquél que está dispuesto a ver morir su “personalidad” puede vivir, y sólo cuando los sentimientos y deseos personales quedan inertes, puede el hombre volverse inmortal.

¿Cómo puede ser capaz de dirigir a otros aquél que no tiene el poder de dirigirse a sí mismo? Un esclavo que quiera volverse amo debe antes liberarse. Y la libertad se adquiere solamente con determinación, con voluntad puesta en acción. El Adepto no es hechura de otros, sino que debe convertirse en Adepto por su propio esfuerzo. El que se hunde en las profundidades de la tierra pierde de vista el sol; el que se hunde en la materia no puede percibir el espíritu. El que está apegado a ideas y opiniones falsas no puede contemplar la Verdad.

Las ideas y opiniones viejas van endureciéndose. Han crecido con nosotros, nos hemos apegado a ellas, y es tan doloroso verlas morir como perder un amigo o un pariente muy querido. Son a menudo como nuestros propios hijos. Las hemos engendrado o adoptado; las hemos criado, alimentado y enseñado; han sido nuestras compañeras de años, y nos parece cruel y sacrílego despedirlas. Claman por nuestra misericordia, y cuando las hemos despedido vuelven otra vez solicitando hospitalidad y reclaman derechos. Pero podremos desembarazarnos de ellas fácilmente si llamamos en nuestro auxilio a ese poderoso genio cuyo nombre es Determinación. Este genio pondrá en acción la Voluntad, y la Voluntad es un potente gigante libre de sentimentalismo, que una vez que entra en acción se vuelve irresistible.


 Helena P. Blavatsky

Publicado en “The Theosophist”, 1884
(Para facilitar la comprensión del texto, hemos sustituido Teosofía Práctica por Filosofía Práctica y teósofo por filósofo).

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