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domingo, 9 de marzo de 2014

¿El Progreso es sinónimo de Cambio?


"Con más voluntad de cientifismo que ciencia verdadera se concibe al Universo y al Hombre como frutos de la casualidad, pues se forja la paradoja de que la razón, que todo lo abarca y justifica, es ultérrimamamente hija de la sinrazón, como Uranos lo fue del Caos. Pero en la nueva versión de interpretación de este enigma hijo de los Misterios, ya no hay capacidad de profundizar y una angustia subconsciente va a abrir los cauces de la violencia.

En nombre de la libertad se forjan los mitos de los iluministas y la teoría del buen salvaje. Quien no estaba de acuerdo con esto era un retrógrado, y así, no tardarán en rodar las cabezas coronadas o no, ante el altar de la paz.

Del concepto inmovilista medieval de un universo que se encuentra exclusivamente a la espera del día del Juicio final, y cuyos movimientos son apariencias carentes de un significado que trascienda la mera mecánica de las cosas se pasa a la antítesis de un universo en febril cambio, sin misterios, visible y tangible en su totalidad y donde todo evoluciona y progresa constantemente. Para los "evolucionistas", la Naturaleza jamás se detiene ni da saltos; es una simple máquina muy bien aceitada con la sangre de sus criaturas.

Los científicos actuales, con menos presunciones y más sabiduría no pueden dejar de asombrarse a la vista de tantos y tantos enigmas como nos muestran los más perfeccionados medios de interpretación de las cosas y de los hechos; pues comprobado está que la Naturaleza guarda en su seno misteriosos relojes que aceleran o detienen el fluir de los acontecimientos, que son vehículos cuyos fines trascienden lo llanamente fenomenológico


La razón injustamente confundida con la inteligencia, y sin depurarse de los instintos sino escondiéndolos bajo el pesado manto de la retórica, dio carácter al siglo XIX y pasó al XX.

La peligrosa idea de que todo progreso está basado en el cambio constante hizo que del liberalismo surgiesen pseudomísticas revolucionarias que colocaron la careta de la ciencia a las peores distorsiones, originándose los conceptos de lucha de clases y de racismos.

Un simple filósofo, que por gracia de algún prodigio hubiese surgido del fondo de los tiempos, les habría explicado que el hombre que jamás se detiene al escalar una montaña, impelido al eterno cambio y movimiento, seguirá caminando al llegar a la cumbre y de tal suerte bajará inexorablemente, convirtiendo su progreso en descenso, si no en caída mortal.

Pero los intelectuales y científicos a la moda cuando el nacimiento del siglo XX carecían de esa sencillez y humildad. En su ceguera creyeron que el perfeccionamiento de los medios mejoraba al Hombre, y que poder cruzar el mar, la tierra o el aire a gran velocidad los hacía infinitamente superiores  en todo al que no podía realizar estas cosas.

Se confundió, lamentablemente, LA ERUDICIÓN CON LA SABIDURÍA, LA DECLAMACIÓN DE LOS PRINCIPIOS MORALES CON LA PRÁCTICA DE LA PAZ, Y EL CAMBIO CONSTANTE CON EL PERFECCIONAMIENTO.

Se concibió  artificialmente al Universo, al Hombre y a la relación entre los seres y cosas. Un afán consumista convirtió nuestro mundo en un basural lleno de chatarra física, psicológica, mental y espiritual.
Jamás hubieron más desamparados en la tierra, ni la injusticia se impulso de tan brutal manera. En el soñado y esperado año 2.000 habrá 4.000 millones de pobres absolutos...o tal vez más. A este horror nos han llevado las "ideas positivas" y "científicas".

No basta con cambiar, hay que hacerlo para mejor. Y si tal cosa no es posible, más vale conservar lo poco o mucho que de bueno se disponga, con humildad de corazón y sin bravatas que de la lengua no pasan.

Vale más el ojo luminoso de una lumbre en la noche, con una rueda de buenos amigos custodiándolo, entre los cuales reine el amor y la sana camaradería, que las ostentosas declaraciones y los rocambolescos desafíos lanzados desde las tribunas o detrás de las corazas defendidas por artilugios electrónicos, cuyas pilas de alimentación son los sudores de los pueblos esclavizados por la obsesión del progreso indefinido y la necesidad de cambiar constantemente.

Por más loas que hoy se hagan y por más de moda que esté el homenaje a los que con sus delirios nos precipitaron en este infierno, reclamamos el derecho natural a la vida, más allá de toda contaminación y terrorismo.

Los jóvenes tiene que poder zafarse de las viejas cadenas  de las sectas políticas, económicas, sociales, raciales o religiosas, para poder lanzarse hacia el futuro, apoyándose sólidamente en un presente al que no torturen las sombras de las ideas y sistemas que fracasaron. Que no se oculte ese fracaso, no por culpar a nadie, sino para alentar nuevos caminos a la esperanza, la felicidad y el verdadero conocimiento de sí mismo. ¡Tengamos coraje!

En muchas cosas, tenemos que volver a empezar. Pero cambiar por cambiar no es sinónimo de progreso, sino de desconcierto. Lo justo, lo bueno y lo bello, no cambian jamás.
fragmentos de:
JORGE ANGEL LIVRAGA RIZZI
Agosto 1986

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