
El tema preferido de la poesía provenzal fue plasmar en sus versos la belleza y las virtudes de las damas, pues la propia concepción de aquellos poetas les impulsaba a amar, y lo que para ellos era la misma cosa, a cantar su amor. Si el caballero pertenece sin reservas a su señor, que en cambio le otorga ayuda y protección, el trovador pertenece sin reservas a su señora, quien igualmente lo ayuda y lo protege a cambio de sus servicios amorosos, y para él será una sonrisa el mejor “guerredón” (don de guerra), la mejor recompensa, la que bastará para dar a quien la obtenga esa alegría de amor que lo vuelve capaz de todo con tal de portarse bien y seguir mereciendo el amor de su dama.
Hay en los poemas huellas de antiguas creencias que atribuían al cuerpo femenino poderes curativos y benéficos, y que desde la antigüedad se había extendido en el folclore y se mantenía en la literatura. En el Parzival de Wolfran von Eschenbach se precisa que la mujer amada protege a su amigo en los combates más eficazmente que las piedras mágicas… Esto se trastoca (la magia en la mujer) en la fuerza que inspira a los hombres bien nacidos el gusto por la cortesía, por la poesía y por las nobles acciones heroicas.
Según la vieja dialéctica platónica, el amor tiene el poder de conducir al amante desde el objeto amado hasta el amor supremo. Un progreso indudable en la depuración y espiritualización del amor lo constituye el llamado “amor desde lejos” y la leyenda de la “princesa lejana”.
Si ahora examinamos el texto de sus canciones de amor, veremos que aquellos amadores apasionados y tímidos, afectuosos y devotos, se atienen exactamente a las reglas del amor cortés, tal como las expuso André le Chapelain. Cierto es que dentro de cada literatura, el amor no es tratado de la misma manera; a menudo presenta tendencias divergentes, ora aviniéndose a cierto realismo o tono picante, ora elevándose hasta la pureza platónica casi absoluta, ora exaltando el matrimonio, ora excluyéndolo del terreno erótico.
Si aman, por lo menos tienen la delicadeza de atribuir toda su dicha a la dama. Si tienen talento, si llegan al éxito poético anhelado, es a ella a quien lo ofrendan en homenaje, pues es en ella en quien recae todo mérito. En su humildad ante su dama, los trovadores no tienen miedo de exagerar; midiendo la distancia que los separa de ella, proclaman ser indignos de agradar, por lo tanto se conforman con poco, una sonrisa, una mirada… Y ya alcanza la más alta felicidad.
Pero aunque desdichados en su amor, han de guardar para ella una constancia a toda prueba en la devoción y el sometimiento. Amando, aun sin esperanza, prefieren la alegría de sufrir cerca de ella a la ventura que podrían hallar en otra. Es su dama, su señora, a quien ellos se han consagrado hasta la muerte y a la que han prometido la más completa discreción, razón por la cual hablan de sus damas con nombres supuestos.

A finales del siglo XII se inventó el ensayo probatorio en la cama, el assag. La dama era la que tomaba la iniciativa de invitar a su enamorado a pasar una noche con ella (una sola, en principio). Le hacía jurar –antes de acostarlo en su cama- que no haría otra cosa con ella más que estrecharla en sus brazos, besarla y acariciarla. El acto carnal estaba prohibido, e igualmente cualquier tipo de violencia. El assag, pues, era sobre todo una serie de pruebas morales en el curso de las cuales la dama juzgaba las cualidades corteses de su amigo; la discreción, la manera de cumplimentar y la forma de servir y honrar.
¿A qué se ha llamado amor cortés?
Por propia definición este amor es aristocrático, en el sentido de que sólo conviene a una élite que frecuenta las cortes, ya que tanto las damas como los caballeros se deben a sí mismos un amor distinto al del pueblo.
Todo el fondo del amor cortés se asienta en el axioma de que no puede haber “buen amor verdadero” en el matrimonio. Entre marido y mujer, es decir, entre dos seres ligados por razones de fortuna, de feudos o intereses antes que por razones de corazón o carácter, puede existir amistad, o a lo más afecto y ternura. No puede existir ese sentimiento más delicado que empuja espontáneamente uno hacia el otro a dos seres que se buscan, ni esa comunión de almas, propias del amor. El Código de amor es preciso: “A la vista súbita de su amada, el corazón de un amador debe estremecerse”.
De la posición siempre inferior del amante resulta su sumisión perfecta, su fidelidad absoluta, su timidez y su perpetuo temor de perder el objeto de sus deseos; aunque, por supuesto, siempre cree que finalmente su amor triunfará. Una cosa al menos es segura, haya efectivamente recompensa final o no la haya; el objetivo constante de una dama es hacer valer a su caballero, hacerlo todo para que él sea mejor.

Conclusión
Basta conocer los grados establecidos en el servicio de amor para darse cuenta de que cada paso requiere, según se va ascendiendo, una mayor entrega y un mayor desarrollo de las virtudes que las damas exigían de sus amantes. Estos grados eran:
1 -Fenhedor (en el que el tímido amante, no se descubre)
2 -Precador (en el que el amante se atreve a suplicar)
3 -Entendedor (en el que la dama consiente en escucharle)
4 -drutz (el amante satisfecho y colmado)
El precador y en cierta medida el fenhedor accedían al estado de enamorado, gozando del joy y de la inspiración poética; ¡tenían el derecho y el deber de hacer canciones! El drutz, el amante carnal, era el que ha sido admitido en el assag probatorio, mencionado anteriormente.

Carlos Adelantado- Recogido de la Revista Esfinge
No hay comentarios:
Publicar un comentario